¡..los milagros existen!

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El Storytelling es el arte de dar sentido. Eso es lo que nos transmitió Eva Snijders, storyteller, colega y amiga, quien se autodefine como creadora de realidades. Lo hizo en el marco de un interesante workshop donde puso a prueba nuestra capacidad de contar historias. Lo mejor de todo y para alivio de los que no somos de Letras: en el storytelling, el ‘telling’ es una pequeña parte del proceso. El ‘contar’ no es lo importante.

El ingrediente clave en una historia es la intención. La intención de la huella que queremos dejar.

La intención, que se produce al compartir, co-crear y sobre todo: escuchar. Ingredientes que buscan y ayudan a dar ese sentido mencionado.

Cuando las marcas o las personas contamos ‘nuestras historias’, lo que hacemos es dar forma a nuestra experiencia para que tenga sentido. Hacer visible lo invisible.

Es, en definitiva, lo que procura este mismo blog y sus posts, que cobran sentido no al escribirlos, sino al compartirlos.

Por eso, cuando Eva nos pidió contar una historia personal (que transcribiré a continuación), me acordé de una que casi nunca he contado.

Obtener una beca de trabajo en la Comisión Europea implica pasar por diversas fases y filtros: solicitud, elegibilidad, preselección y finalmente selección para formar parte del ‘Blue Book’, una base de datos de unos 2.500 profesionales, quienes literalmente “hacen campaña” para ser uno de los 600 elegidos como colaboradores (stagiaires) por las diferentes divisiones y áreas de la Comisión.

Formar parte de ese Blue Book había sido para mi ya un verdadero éxito: representaba haber sido seleccionado entre más de 10.000 aspirantes. Sin embargo, no estaba a mi alcance viajar a mitad de año a Bruselas para hacer ese lobby personal ‘por las dudas’ de poder ser finalmente elegido y contratado unos meses después.

Eran cerca de las seis de la mañana, en uno de los últimos días del invierno austral del año 2000. Prácticamente no había dormido pegado a la t.v. viendo como el ciclista uruguayo Milton Wynants, había ido avanzado en las pruebas por puntos que se desarrollaban en las Olimpíadas de Sydney, hasta alcanzar la medalla de plata. Uruguay conseguía una medalla olímpica ¡36 años después de la anterior!

En ese momento, suena intempestivamente el teléfono. Aunque sorprendido por la hora, atiendo. Una voz femenina que exclama: “¡Notaro, los milagros existen, los milagros existen!” A lo cual contesto, “sí, sí, lo estoy viendo, increíble, ha sido maravilloso, me quedé toda la noche viéndolo por la tele”. Del otro lado se produce un silencio y me replica: “Pero… de qué me habla?” “De este chico, Wynants, qué bien que ha corrido: ¡medalla de plata, es un héroe!”. La voz femenina que me contesta, “no, no me refiero a eso, le estoy hablando desde la Embajada en Bélgica y es para avisarle que ha renunciado un stagiaire y era italiano y economista, como usted. Por eso es usted el que tiene que ocupar su plaza, tiene que estar en Bruselas la semana que viene, que comienza el Stage.”

Yo no sé si los milagros existen. Lo que sí sé es que suceden cosas que estadísticamente es lo último que tenía que suceder. Sin ir más lejos, la propia existencia de cada uno de nosotros: una combinación genéticamente única que en términos previos, su probabilidad es casi nula.

Lo que es seguro es que son las decisiones las que condicionan el destino. Más allá de las circunstancias, más allá de la suerte, más allá de las ‘realidades’. Yo podría no haberme inscripto como aspirante a stagiaire, podría haber dicho que no a esa llamada, podría haber regresado a Uruguay al terminar el Stage… Decisiones.

Las casualidades existen. Las causalidades las provocan.

¿Cuál es tu historia? ¿Cuál es tu milagro?

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