Metamorfosis o el viaje sin retorno

crisalida

Está claro: para pasar de gusano a mariposa hay que ser crisálida. La transformación requiere de ese tiempo, de esa experiencia, de ese nuevo entorno intermedio. Esto se aplica tanto a las orugas, como a las personas, a la economía o a la sociedad.

España, hace no demasiados años, era un país colmado de nuevos ricos. Hoy, es un país pleno de nuevos pobres.

Las interrogantes entonces giran en torno a si este estado durará, cuánto durará, cómo será el resultado de la evolución y algo aún más básico: si habrá evolución.

No somos pocos los que pensamos que esta crisis tiene poco que ver con la economía y que sí está relacionada con algo bastante más profundo y a la vez simple. Tiene que ver con los valores.

En todo caso la economía, esta disciplina que yo denomino travesti, está originada por la psicología de las personas, algo que algunos autores han denominado psiconomía. Por tanto, la crisis económica no es más que una expresión de una crisis de valores. Es un síntoma.

Todo síntoma viene de una enfermedad y como muy bien expresa Alex Rovira: “La enfermedad es casi siempre una somatización de algo no verbalizado que el alma quería gritar”.

En este caso: hemos comprado con el dinero que no teníamos casas y bienes que no necesitábamos. Y lo que es peor: para demostrárselo a gente que no nos interesaba.

He estado recientemente en Uruguay y me pareció volver a ver una película. El paisito se está llenando de nuevos ricos, nuevos hiperconsumistas y nuevos cuatroporcuatro-ostentadores. Con el agravante de que la otrora “Suiza de América” está justamente en Latinoamérica, es un país hiperdependiente de sus queridos hermanos mayores y presenta una fractura social que sigue marginando, ahora en forma subvencionada, a una parte de la población que no tiene el más mínimo interés en integrarse. Taciturno destino a la vuelta de la esquina.

En definitiva la crisis de valores es de alguna forma, una crisis de consciencia. Una crisis del ‘no darse cuenta’. No darnos cuenta de que lo único constante y permanente a lo largo de la historia es precisa –e irónicamente- el cambio. No darnos cuenta de que el mundo YA ha cambiado.

El desafío del cambio es que cuanto más nos resistimos, más tiempo y energía nos consume y más dolor nos produce.

El cambio es la contracara del apego. Si le tenemos apego hasta a un mueble o un adorno, cómo no tenérselo a determinados conceptos y creencias. Concepciones tan perimidas como “la izquierda” o “la derecha” políticas, demostradamente ineficaces y obsoletas las seguimos esgrimiendo, escuchando y dogmatizando. ¡Claro!

En el mundo laboral, muchos se han desayunado con un sms que el ‘empleo para toda la vida’ ya no corre más. Que la vida profesional se mide cada vez más por proyectos, que no por empleos. Hasta no hace mucho se decía: “piensa global y actúa local”. Ahora: Piensa global y local, actúa global y local.

Repito: el mundo YA está en viaje. Y el billete es sólo de ida.

Google, Facebook, Twitter o LinkedIn en realidad son la punta de un iceberg de ese mundo que ya va en un sentido diferente al anterior. Conceptos como el crowdfunding, crowdsourcing o el ciberactivismo nos dejan claro por ejemplo que “los hombres de negocio” –peyorativamente hablando- han de desaparecer y que el futuro pertenece a los buenos emprendedores. Y que para crecer, la senda actual es la de la colaboración, no la de la competencia; la de buscar la verdad y no la de ‘tener razón’.

Probablemente, el tiempo que estamos viviendo sea de mutación, de cambio profundo, de renacimiento. Ojalá estemos dentro de la crisálida que nos haga sentir incómodos, apretados, molestos y llenos de sustancias nuevas. Ojalá lleguemos a desplegar las alas.

Hoy tenemos que decidir qué otro ayer queremos mañana.

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Musimaginando

partitura manuscrita de W.A.Mozart.

En la música occidental, existen básicamente doce sonidos o notas*. Todas las canciones y  músicas que hemos oído a lo largo de nuestra vida, las que se han creado y las que se lleguen a crear ‘sólo’ contienen, o contendrán, esas doce notas. O menos. El Himno a la Alegría, una de las melodías más emblemática y pegadiza, sólo contiene cinco.

En las culturas orientales, aparentemente hay mayor riqueza al existir notas intermedias o microtonos, pero en un análisis más riguroso, sólo se utilizan también unas doce, el resto son simplemente variaciones expresivas (glissandos, portamentos, etc).

En definitiva: todo el mundo sonoro construido por el ser humano, proviene esencialmente de unos pocos sonidos. De la combinación de esas notas o sonidos, con diferentes duraciones, superposiciones, ritmos, timbres y alturas surge toda (TODA) la música que se ha compuesto y se compondrá.

Si esto pudiera parecer sorprendente pensemos:

El cerebro medio está formado por unas cien mil millones de neuronas. Cada neurona está conectada a otras, normalmente entre mil y diez mil más. Para poder intentar captar el número de combinaciones que puede haber entre esas neuronas consideremos solamente unas pocas: el número de posibilidades para conectar 2 neuronas es de dos (conectada o no conectada), para 3, hay 8 posibilidades, para 4: hay 64, para 5: 1.024 y para 6: 32.768.

El número de combinaciones posibles -y por tanto el número de pensamientos diferentes que cada uno de nosotros puede tener-, es superior al número de partículas conocidas, de todo el universo conocido.

¿Cuál es el elemento que ‘conecta’ la combinación de neuronas y la de las notas musicales? No es otro que la imaginación, esa capacidad humana que como dijera Albert Einstein, es más importante que el conocimiento, especialmente en los momentos de crisis.

La imaginación es la que lleva a la creatividad, concepto hoy tan manido en el ámbito empresarial y que hasta hace pocos años era patrimonio exclusivo de las artes (o la publicidad) y en general atribuible a un don natural, a un talento.

Al respecto son muy elocuentes las propias palabras de una de las personas más creativas en toda la historia de la humanidad: W.A. Mozart**: “Cuando me hallo en buena forma física, ya en un coche durante un viaje, ya dando un paseo después de cenar o si no consigo dormirme, las ideas me llegan a raudales. No sé de dónde vienen o cómo llegan, pero ahí están. Guardo entonces las que me gustan, las canto en voz baja –o al menos eso dicen- y poco a poco las voy convirtiendo en mi cabeza en algo coherente. La cosa avanza, yo voy desarrollando mentalmente esas ideas, veo todo con mayor claridad hasta que en un momento, la obra queda terminada dentro de mi cabeza. Puedo abarcarla de una sola mirada, como si se tratase de un cuadro o una estatua. No veo la obra en su discurrir, como cuando se representa o ejecuta, sino como fuese un bloque. Y esto es un regalo de Dios.”

De esta forma, uno podría pensar que los que no tienen ese ‘regalo de Dios’, no podrían crear. Sin embargo el propio Mozart nos da una clave para darnos esperanza al resto de los mortales***: “Se equivocan totalmente los que hablan de lo fácil que me resulta componer; os aseguro, querido amigo, que no debe haber en el mundo nadie que se haya esforzado tanto como yo para poder dominar el arte de la composición. No sería fácil encontrar un compositor al que yo no haya estudiado con toda aplicación, en muchas ocasiones y de principio a fin”.

En suma: La imaginación, como base y sustento del esfuerzo y la perseverancia, son los elementos para poder crear. Algo de lo que ya nos hablaron creadores tan diversos como Tomas A. Edison, Picasso, Stravinsky o García Márquez.

La imaginación es una de las facultades humanas más maravillosas y a la vez más crueles porque permite transportarnos a las situaciones y sensaciones más agradables pero también a las desgracias y penurias que nuestra mente pueda elaborar –y que quizá nunca vayan a suceder-.

La imaginación es la que permite vernos ganadores o perdedores. En nuestra mente,  ex-ante, previo al suceso.

Esto es especialmente evidente y utilizado en el ámbito del deporte, pero en realidad es en TODOS los planos. Si me imagino que este post será un desastre, probablemente terminará siéndolo.

El tema es que no nos damos permiso para imaginar. Neutralizamos la imaginación a través de mecanismos como la falta de tiempo y la queja: “Me paso todo el día haciendo y haciendo y no puedo darme el lujo de ponerme a imaginar”; “esto o aquello está muy mal, no se arregla y no me corresponde a mí imaginar una solución”; “la imaginación es para los soñadores..”, etc.

Sin embargo la imaginación es una de las herramientas más poderosas con las que contamos los animales humanos y que deberíamos utilizarla más seguido. Nos posibilita situarnos en el futuro, en la visión, en lo que podría llegar a ser, más que en lo que creemos que es posible.

Y esto no son solo palabras o bonitos deseos. Metodologías revolucionarias como el método Merlin para planificar, se utilizan en empresas punteras para elaborar la visión, utilizando la fuerza de la imaginación, en donde las personas se ‘dan permiso’ para estar situadas y construir DESDE el futuro. Como decía Mozart, viéndolo como un bloque.

En este punto, Mozart nos puede volver a servir de fuente de aprendizaje: si hubiese aplicado sólo una pequeña parte de esa infinita imaginación en su propia vida, seguramente hubiese tenido una existencia con bastante más calidad, respeto y alcance en su época. Hubiese vivido menos la imaginación de otros hacia él.

Nuevamente: es el futuro el que determina el presente, porque dependiendo de a dónde quiera llegar es lo que tenga que hacer hoy para lograrlo.

Seamos los compositores de nuestras vidas. Contamos con la principal herramienta, la imaginación: pongamos a combinar las neuronas y dispongamos de las notas y los sonidos necesarios para que esa partitura suene como nosotros queramos.

La buena noticia es que no hacen falta muchas notas. “Solamente las necesarias”, dijera también el propio Wolfgang.

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* Son los que se encuentran dentro de una octava (a partir de allí se vuelve a repetir el ciclo de nombres de las notas, a una frecuencia más alta o más baja).
** Transcriptas a través de un diálogo con el periodista y escritor Friedrich Rochlitz, en ocasión de la visita de Mozart a Leipzig, en 1787.
*** Citadas en la primera biografía de Mozart, escrita por Franz Niemschek en 1797, profesor de filosofía y muy allegado al compositor.

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Di-fe-ren-te

“Si no tenés una ventaja competitiva, no compitas. Si tenés una ventaja competitiva, la vas a perder. Cambiá antes que tengas que cambiar. Porque cada vez es más tarde más temprano”. Esta frase literalmente expresada por el economista argentino Alberto Levy, refleja una realidad que se impone cada día más, no sólo para las empresas, sino también para las personas: cuanto más se quieren diferenciar, más se parecen.

En la España actual esto cobra relevancia especialmente a la hora de buscar un empleo u ofrecer un servicio: ¿Qué es lo que me diferencia de las personas que están compitiendo conmigo para acceder a este puesto o de los que ofrecen el mismo servicio que yo? Dicho de una forma más directa, ¿por qué deberían contratarme a mí y no a otro?

Una de las claves la podemos encontrar en la vida de la protagonista del vídeo que encabeza este post, Madonna Louise Veronica Ciccone Fortin, la chica que a los 19 años se fue de su casa, con poco más de 100 dólares en el bolsillo, en dirección a Nueva York y para lograr un único objetivo: ser artista. Tal cual.

Madonna es un caso de éxito que se estudia en los principales cursos y manuales de Dirección Estratégica y de la lectura de su biografía pueden aprenderse muchas cosas. En la carrera de Madonna están presentes los cuatro factores claves del éxito estratégico: tener un objetivo claro, conocerse muy bien a sí mismo, conocer el entorno y sobre todo: ser perseverante.

Yo añado: de estos cuatro elementos surge el concepto más importante: el aporte de valor diferencial. Un valor único o al menos muy difícil de equiparar o encontrar.

Madonna no sólo es la reina del pop, es la reina del valor diferencial. Te guste o no su música, su baile, su voz o su cara.

A sus 53 años y medio, una vez más lo volvió a demostrar el pasado domingo, estando en el lugar indicado (la final de la Super Bowl, el espectáculo de mayor audiencia en EE.UU.), apoyada por un despliegue sencillamente increíble (un escenario infernal ¡montado en 8 minutos por 600 voluntarios!) y acompañada por músicos, cantantes y bailarines que están en la cresta de la ola (*). Ver para creer.

Ojo, no confundir: Madonna no necesita ser la mejor cantante, bailarina o la más guapa, de hecho no lo es. Necesita ser Madonna. Es decir, seguir siendo sinónimo de un valor añadido diferente, único.

Ese valor es precisamente la fuente de lo que menciona Levy, la ventaja competitiva, esto es, la característica diferencial respecto de los competidores, sean empresas pugnando por un mercado o personas por un puesto de trabajo. Ese valor es el que le confiere a quien lo posee la capacidad para alcanzar un resultado superior a sus competidores y para que sea válido tiene que ser demostrable, además de poseerlo de manera sostenible a lo largo del tiempo, es decir no ser algo coyuntural o pasajero.

En el caso de las personas a la hora de buscar un empleo, la forma de demostrar esa ventaja competitiva no lo es necesariamente con un CV en la mano.

La manera de demostrarlo comienza por algo aparentemente tan sencillo como ser consciente de esa ventaja competitiva, de ese valor diferencial, algo que en la mayoría de los casos no sucede: no somos capaces de reconocer nuestro valor único, diferente. O bien porque pensamos que no lo tenemos o porque no sabemos muy bien cuál es o cómo reconocerlo.

La pregunta obvia es por tanto ¿cómo nos damos cuenta de nuestro valor diferencial? La respuesta: reflexionando. Y hacerlo de la forma contraria a la que en general nos han educado y que nos sigue propugnando el sistema educativo, es decir hacerlo poniendo el foco de atención en las cosas que hacemos –y hemos hecho- bien. Especialmente en los logros que hemos alcanzado. Todos.

Aquí es donde salta nuestro saboteador interno: “yo no tengo logros” (¿lo has escuchado?). Pues tengo una mala noticia para ese saboteador: todos tenemos logros, cada uno a su nivel y posibilidades. No es necesario ser director o gerente para ello. Simplemente es necesario detenerse a reflexionar sobre lo que hacemos y hemos alcanzado, sobre las capacidades que allí hay implícitas, así sea ese trabajo que consideramos rutinario. Allí también hay valor. Hay que saberlo ver, identificar, iluminar.

Diría más, ese valor diferencial está en las cosas que nos gusta hacer y que hacemos por tanto sin esfuerzo. En eso consiste el talento.

Ahora más que nunca es hora de buscar ese valor diferencial. Como dice Levy, cada vez es más tarde más temprano.

La buena noticia es que no es necesario ser Madonna para tenerlo. Pero sí es imprescindible sentirnos como Madonna: el primer paso para ser deseados es sentirse y hacerse deseable.

¿Lo eres?

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(*) En este show han participado artistas como LMFAO, Nicki Minaj, M.I.A., Cee Lo Green y los acróbatas del Cirque du Soleil

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