Dile NO a la kakonomía

captura-de-pantalla-2016-10-22-21-16-33

Una de las primeras veces que entré en un estudio de grabación fue para hacer un jingle, música publicitaria, cuando aún se contrataba músicos para todos los instrumentos. Una vez realizadas las tomas nos reunimos en la sala de control para escucharlas. El baterista, que llevaba sus baquetas siempre en las manos, no dejaba de hacer ritmos, golpeándolas contra todo lo que tuviese delante, constantemente. El técnico de sonido, ya molesto, le pidió por favor que parase para poder escuchar mejor. La respuesta del batería (*) fue tan tajante como sorprendente: “cada segundo que pase sin que esté practicando, dejaré de ser mejor”.

No puedo decir que esa frase me haya marcado, pero para los oídos –y la cabeza- de un post-adolescente como yo en ese momento, logró hacerme reflexionar. Y hacer aflorar el dolor a todos los que estábamos en esa sala, acerca de las oportunidades perdidas para ser mejores músicos. Léase: estudiar poco.

La RAE define mediocre como “De calidad media / De poco mérito, tirando a malo.”

“Dejar de ser mejor”, conformarse con una “calidad media”, es una elección. Ser mediocre es por tanto una elección. Es no arriesgar, no intentar, es desaprovechar.

Conformarse con no ser mejor tiene a su vez una clara contrapartida: mantenerse en la Zona de Confort, aquella que representa todo a lo que estamos acostumbrados, habituados. Concepto muy gráfico y elocuente, porque de alguna forma simboliza los límites de ese estado mental en donde el acomodo es el dueño.

Nos encanta acomodarnos por una muy simple razón: no consume energía. Todo lo que represente sacar un pie fuera de lo habitual –y que significará tener opciones para crecer, aprender o mejorar- en general requerirá un esfuerzo, mental, físico o de ambos tipos.

La Zona de Confort actúa como un imán que nos atrae al ‘habituamiento’ y que nos lleva en consecuencia a la mediocridad, a no buscar ser mejores.

Esa inercia, que la vivimos a nivel personal, se da también a nivel social. Tal es así que ha sido bautizada: Kakonomía, concepto acuñado hace unos pocos años por los sociólogos italianos Gloria Origgi y Diego Gambetta. Kakonomía proviene del griego (κακός) y significa como lo que suena: “economía de lo malo”. (**)

Brevemente, en la kakonomía no se hace lo posible por buscar la excelencia, por obtener –y dar- lo mejor, sino todo lo contrario. Existe una aceptación mutua y en general tácita, de la mediocridad.

La kakonomía iría en contra de la racionalidad definida por la Ciencia Económica en donde exigimos siempre lo mejor y esperamos obtener el máximo, al menor coste posible.

Origgi y Gambetta sostienen –y demuestran- que a veces queremos dar menos y que el otro haga lo mismo en contrapartida: ‘acepto que incumplas tus compromisos porque quiero conservar la posibilidad de faltar a los míos sin sentirme culpable o quedar en evidencia’.

Los ejemplos de kakonomía son múltiples y en todos los ámbitos: “los constructores italianos nunca entregan en plazo, pero tampoco esperan que se les pague puntualmente” señalan los autores.

  • Los usuarios de aerolíneas low cost aceptan en su mayoría que se les ‘maltrate’ porque consideran que esa es la contrapartida a pagar poco por el billete.
  • En los procesos de selección, las empresas ya ni se molestan ni les preocupa comunicar nada siquiera a los que participan en las instancias finales, porque ya presuponen que los candidatos no esperan una comunicación en caso de no seguir en el proceso.
  • Todos conocemos casos en entornos laborales donde a alguien nuevo se le llama la atención porque hace demasiado o pretende hacerlo mejor/diferente y dejará en evidencia a los demás.

Quizá una de las expresiones más elocuente de kakonomía haya sido la manifestada por un presidente de Uruguay (***), en relación a los funcionarios públicos: “Ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago”.

En lo que no hay duda es que la kakonomía conlleva a un círculo vicioso, a la ‘ley del mínimo esfuerzo’ y a un detrimento de la calidad y del valor esperado, de las relaciones y en definitiva, de la sociedad.

Si miramos a nuestro alrededor, veremos sin duda en diferentes ámbitos, ejemplos de cómo la kakonomía está instalada en la sociedad: aceptamos un sistema político cada vez más mediocre y los políticos aceptan por su parte que la gente no les aprecie, sin dar muestras ni hacer esfuerzos por ser mejores o tener altura de miras. Kakonomía.

Como siempre, hay una contracara. La buena noticia es que una sociedad cada vez más mediocre representa para los que no lo son o intentan no serlo una excelente oportunidad. No ser mediocre, en la sociedad actual, significa en buena medida algo tan sencillo como cuidar los detalles: responder un mail, cuidar las formas, dar las gracias. Pensar en el otro.

Como habitualmente, hago mi invitación. Hoy en día que escuchamos tantos ‘noes’, hay uno que resulta imperioso: dile NO a la kakonomía, porque como dijera el batería, cada segundo que dejes de hacerlo”, es una oportunidad perdida para convertirnos en una sociedad mejor.

(*) Se trata de Enrique Firpi, batería uruguayo radicado en Holanda desde 1987.

(**) Origgi y Gambetta: The LL game: The curious preference for low quality and its norms. El concepto rompe con la noción tradicional de la Ciencia Económica en donde los intercambios se hacen de forma racional y egoísta maximizando beneficios y minimizando costes, en otras palabras, esperamos que los otros den lo mejor de sí mismos, aunque nosotros no lo hagamos.

(***) Luis Alberto Lacalle, presidente de Uruguay entre 1990 y 1995.

Post to Twitter Post to Facebook Post to Google + Post to LinkedIn

“Una monedita por favor…”

mano pidiendo

Si después de haber acompañado a más de doscientas personas en programas específicos de recolocación y emprendimiento, me pidieran un solo consejo para poder ser efectivo en la búsqueda de oportunidades profesionales, diría: No pidas limosna. Por favor.

Y es que no paro de escuchar y también ver en redes sociales personas que literalmente dicen: “si sabes de algo..”, “si me pueden ayudar…” “agradecería que me echaseis una mano…”, viniéndome en cada una de estas frases la imagen de una mano extendida pidiendo limosna.

Por supuesto nos encantará y nos favorecerá que nuestra red de contactos sepa de oportunidades, nos pueda ayudar o “eche una mano”. No se trata de eso. Tiene que ver con una cuestión actitudinal.

Olvidamos que cuando estamos en búsqueda de empleo –por cuenta ajena o propia- lo que estamos es ofreciendo nuestro valor diferencial. Repito: estamos ofreciendo. No pidiendo.

Esta es la cuestión fundamental, en donde ‘Juan Empresa’ o ‘Juan Cliente’ nos contratará sí y solo sí el valor que le proporcionemos, ofrezcamos, sea -bastante- superior al salario o precio que nos pagará. Así de sencillo.

Sencillo de comprender, pero más sutil en la práctica, dado que es el valor que Juan Empresa perciba que le vamos a proporcionar, el que decida si nos contrata.

De allí la primera gran lección en estos procesos: si nosotros no somos conscientes, no sabemos cuál es ese valor o si lo somos pero no lo sabemos transmitir, difícilmente Juan Empresa lo perciba. Ergo, difícilmente nos contrate.

No me olvido de la segunda palabra clave mencionada: diferencial. Necesitamos igualmente ser los primeros en saber qué nos diferencia del resto, por qué me elegirían a mí y no al siguiente en la lista a entrevistar. Para ello lo mejor es dejar de lado los propios prejuicios y humildades mal entendidas así como poner el foco en lo que hemos hecho y logrado y sobre todo en cómo lo hemos conseguido. En nuestras capacidades, talentos y recursos.

En mi experiencia, quizá sea éste el punto de más complejidad, algo ya analizado en un post anterior.

No ser conocedores sobre quiénes somos, sobre nuestros recursos, aptitudes y dones nos impide ver o distinguir nuestro valor diferencial y por ende no nos permite transmitirlo.

Por ello seguramente en buena medida pedimos y no ofrecemos.

El punto de inflexión se dará cuando suceda lo contrario, cuando conectemos con nuestro valor diferencial y estemos orgullosos de contarlo.

No solo a Juan Empresa, también a nuestra red de contactos y a la sociedad, al igual que en la frase de John Kennedy (*), les encantará saber qué puedes hacer por ellos. Qué ofreces. Con orgullo. Desde el minuto uno, desde el primer contacto.

Así como todos somos únicos, nuestro valor también lo es. Si te cuesta verlo, una pista: el valor diferencial está en las cosas que nos gusta hacer y que hacemos por tanto sin esfuerzo. En eso consiste el talento.

No pidas limosna, no pidas una moneda. Si te cuesta cambiar de actitud, recuerda: al final del día, la monedita estará generada por ti.

_

(*)“No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país.” Inaugural Address of John F. Kennedy 20/1/1961

Post to Twitter Post to Facebook Post to Google + Post to LinkedIn

Envidia

poison

La envidia no es como el colesterol: no existe una ‘mala’ y una ‘buena’. La envidia, en sí misma, es nefasta, devastadora. Baste con consultar su propia definición (*): “1. Tristeza o pesar del bien ajeno. / 2. Emulación, deseo de algo que no se posee.”

Siendo aún así de claro, no paramos de escuchar muchas veces aquello de “…esto me ha despertado envidia de la buena, o envidia sana”. Probablemente en esa expresión haya un intento de decir que algo ha dado envidia y es necesario transmitirlo de manera atenuada, justificable, exculpatoria.

¿Cómo surge la envidia, de dónde proviene?

Dos aspectos preliminares y algo de teoría.

En primer lugar algo bastante conocido: nuestras conductas y comportamientos están gobernados por el principio global de supervivencia, esto es, minimizar riesgos y maximizar recompensas. En segundo término, algo un poco más sorprendente: en buena parte de las experiencias a la hora de interactuar y relacionarse con otras personas, se utilizan exactamente las mismas redes neuronales que para la supervivencia primaria. En otras palabras, las necesidades sociales son tratadas en el cerebro de la misma forma que las necesidades de agua y comida.

Uniendo ambas cuestiones, se puede ver que la habilidad para reconocer amenazas y recompensas primarias, como una comida en mal estado versus una rica y apetitosa, es tan importante para la supervivencia como la que utilizamos para interactuar en el mundo social. Ambas operan de la misma forma.

David Rock (**), neurocientífico australiano ha desarrollado el modelo SCARF en donde define los cinco dominios de experiencia a nivel social que activan mayores amenazas o recompensas, es decir, las áreas de interacción social que son más sensibles a la respuesta de amenaza-recompensa. Estas son, de acuerdo a como los define Rock:

Status, importancia relativa frente a otros;

Certainty, capacidad de predecir lo que va a suceder;

Autonomy, percepción de control y de tener opciones de elección;

Relatedness, sensación de conexión, similitud y sentido de pertenencia con/hacia otras personas;

Fairness, sensación de justicia y equilibrio en la interrelación.

Cualquier amenaza o recompensa en alguna de estas áreas a nivel social será percibida y detectada por nuestro cerebro automáticamente, en un plano no-consciente, de la misma manera que una recompensa o amenaza para la supervivencia.

Por ejemplo la incertidumbre de una persona acerca de cómo será evaluada por su jefe puede ser exactamente igual de amenazadora que una sombra con forma de serpiente en medio de la jungla. Tal cual es para nuestro cerebro. O sea, para nosotros y nuestras expectativas, decisiones o juicios de valor.

Aún más, las investigaciones revelan que las situaciones de amenaza y dolor en estos dominios sociales se reflejan en el cerebro exactamente igual que el dolor físico. Ver la foto de alguien con quien hemos roto una relación, activa las mismas zonas del cerebro que si nos aplicaran un dolor físico.

La ciencia también tiene claro que de las dos palancas, la que opera con mayor fuerza es sin duda la de la amenaza, simplemente por una cuestión de supervivencia: se está más atento a los peligros. De ello se encarga la siempre vigilante amígdala del cerebro que reacciona mucho más rápido y en mayor medida frente a las amenazas que ante las recompensas. Literalmente la huella que deja el dolor es más profunda y duradera que la del placer.

Y es allí donde entra en juego la envidia. Cada vez que surge la posibilidad de comparación con alguien que esté en términos relativos mejor posicionado que nosotros, especialmente en alguna de esas cinco áreas de dominio, se activa dolor –literalmente- en el cerebro. Y por supuesto, el dolor nos fastidia.

Nos duele que alguien esté en alguno de esos dominios sensibles mejor que yo.

Obviamente, al ser la percepción subjetiva, la envidia no opera de la misma manera en todas las personas. Dependerá en buena medida de cómo pondere la persona esas necesidades fundamentales: de tener una importancia relativa, de tener certidumbre sobre lo que va a suceder, de tener control y posibilidad de elección, del sentido de pertenencia y no exclusión social, así como del sentido de equidad y justicia en la interrelación.

La autoestima, el miedo o la inseguridad están sin duda por detrás de esta ponderación.

En este punto, queda claro que la pregunta a realizar es qué está siendo ‘amenazado’ cuando se siente este sentimiento, qué es lo que está siendo puesto en peligro. Cuál de esos ámbitos ha sido activado como causante del dolor en la comparación.

Si la envidia es un mecanismo evolutivo para movilizarnos a través de la palanca del dolor –en la comparación- y poder hacernos reaccionar para mejorar nosotros, el riesgo es quedarnos allí, en el padecimiento, la incomodidad y en definitiva la queja. La envidia es nefasta, si nos instalamos en ella. La infelicidad tendría en todo caso que ser un punto de partida.

Si sientes envidia, no te sientas culpable, en todo caso, hubo una razón para ello. Busca la causa del dolor, transfórmalo en admiración –hacia el envidiado- y recoge aprendizaje para poder crecer en tu propio camino.

Sino, existirá el riesgo de convertirte en serpiente:

Se dice que una serpiente que pasaba por el bosque empezó a perseguir a una luciérnaga; lo hizo durante 3 días y 3 noches seguidos. Exhausta, la luciérnaga se detuvo y dando media vuelta se dirigió a la serpiente:

– ¿Puedo hacerte 3 preguntas?

– Como te voy a devorar igualmente, adelante, pregunta:

– ¿Pertenezco a tu cadena de alimentación?

– No.

– ¿Te hice algún daño?

– No.

– Entonces, ¿por qué quieres comerme?

– Porque no soporto verte brillar.

En definitiva, el mejor antídoto para la envidia será alcanzar tu propia luz.

_

(*) Definición de la Real Academia Española, versión online.

(**) David Rock es el creador del Neuroleadership Institute www.neuroleadership.com y autor de diversos libros y publicaciones sobre la neurociencia aplicada al ámbito laboral y el liderazgo.

Post to Twitter Post to Facebook Post to Google + Post to LinkedIn