Liderazgo de Año Nuevo

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Ver y oír el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, no sólo es una inyección de energía disfrutable a través de valses, polkas, marchas y piezas inmejorablemente interpretadas, sino el poder presenciar también toda una lección de liderazgo. Del de verdad.

Este año la dirección de la orquesta estuvo a cargo de Gustavo Dudamel, que con sus 35 años se ha convertido en el director más joven en la historia de este concierto.

Ver a Dudamel, como a casi todo buen director de orquesta, es descubrir todos los elementos/ingredientes/recetas del management más actual sintetizados en un maravilloso ejemplo.

¿Qué hace un director de orquesta? Para comenzar, trabaja mucho y muy duro en los meses previos al concierto, no solo conociendo en profundidad la materia que va a tratar –las partituras que van a ejecutar-, sino conociendo también al equipo que va a dirigir.

En ese trabajo previo, para lograr Dudamel este resultado:

* Ha sabido armonizar el talento de su equipo, integrando las diferencias de cada instrumentista para sacar el mayor provecho del conjunto.

* Ha transmitido la visión -la música- que quiere lograr. Y para ello ha consensuado con los que van a llevar adelante la ejecución, los objetivos y la estrategia: ha establecido junto a sus músicos durante el trabajo de ensayos, el resultado deseado, los tempos, las pausas, las inflexiones necesarias, la expresión final.

* Ha co-liderado: es decir, ha hecho sentir a cada miembro de su equipo la importancia y el rol que ocupa cada uno, no solo en las partes solistas, sino con el resto de la orquesta que sustenta la base y da los matices necesarios para que esos solistas destaquen.

* Y para todo ello muy probablemente Dudamel ha tenido la cualidad principal que tiene que tener un dirigente: ha sabido escuchar y les ha transmitido en una forma eficaz las indicaciones necesarias.

En definitiva: Dudamel ha hecho una retroalimentación de la propia energía proveniente de la orquesta, su equipo. Ha sido su reflejo.

¿Qué sucede durante el concierto, en el momento de la ejecución, de qué se encarga? Hay algo que aunque evidente, es necesario destacar y es lo que no hace: el Director no toca ni una sola nota de ningún instrumento. Para ello tiene a los mejores instrumentistas, verdaderos especialistas que vienen con la partitura aprendida y la capacidad y la motivación adecuadas, lograda esta última en buena medida a través de todo el trabajo conjunto previo. Tocan bien y con ganas.

La labor del Director durante el concierto es más que nada de apoyo, en dos áreas principalmente: marcar los tiempos (velocidad, ritmo, señalar entradas, finales..) y guiar la expresión (volumen, intensidad, crescendos, diminuendos,..).

En otras palabras, los que ejecutan la obra son acompañados por el director, quien les sirve como referencia, como faro, en los aspectos –en este caso tiempo y expresión- más importantes para su labor.

Es muy interesante apreciar cómo hace el Director este acompañamiento. Uno podría pensar que fundamentalmente con la batuta, pero lo cierto es que ni siquiera es necesaria. Si bien es verdad que la batuta le ayuda para marcar y llevar el tiempo, son sus manos, brazos, expresiones faciales y corporales sus verdaderos instrumentos de trabajo.

Cada mirada, cada gesto será importante para un objetivo principal: aunar la interpretación, la ejecución de todos los integrantes y que suene como una única obra, como un único “instrumento”.

Para lograrlo el Director está muy presente, muy atento al conjunto y a su resultado y a su vez atento a las individualidades en los momentos que es necesario.

En cada concierto de Año Nuevo se tocan en buena parte las mismas obras, sin embargo las interpretaciones cambian. Las notas son las mismas, la música final no es exactamente la misma. Podríamos decir sin duda que la personalidad del Director es también su herramienta de liderazgo.

El Concierto de Año Nuevo puede gustar más o menos.

La música sinfónica puede interesarte o no.

Ahora bien, si te ocupa ser un mejor líder, además de leer libros o asistir a cursos, mi recomendación es oír y ver más música sinfónica. Aunque sea por la tele.

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Dile NO a la kakonomía

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Una de las primeras veces que entré en un estudio de grabación fue para hacer un jingle, música publicitaria, cuando aún se contrataba músicos para todos los instrumentos. Una vez realizadas las tomas nos reunimos en la sala de control para escucharlas. El baterista, que llevaba sus baquetas siempre en las manos, no dejaba de hacer ritmos, golpeándolas contra todo lo que tuviese delante, constantemente. El técnico de sonido, ya molesto, le pidió por favor que parase para poder escuchar mejor. La respuesta del batería (*) fue tan tajante como sorprendente: “cada segundo que pase sin que esté practicando, dejaré de ser mejor”.

No puedo decir que esa frase me haya marcado, pero para los oídos –y la cabeza- de un post-adolescente como yo en ese momento, logró hacerme reflexionar. Y hacer aflorar el dolor a todos los que estábamos en esa sala, acerca de las oportunidades perdidas para ser mejores músicos. Léase: estudiar poco.

La RAE define mediocre como “De calidad media / De poco mérito, tirando a malo.”

“Dejar de ser mejor”, conformarse con una “calidad media”, es una elección. Ser mediocre es por tanto una elección. Es no arriesgar, no intentar, es desaprovechar.

Conformarse con no ser mejor tiene a su vez una clara contrapartida: mantenerse en la Zona de Confort, aquella que representa todo a lo que estamos acostumbrados, habituados. Concepto muy gráfico y elocuente, porque de alguna forma simboliza los límites de ese estado mental en donde el acomodo es el dueño.

Nos encanta acomodarnos por una muy simple razón: no consume energía. Todo lo que represente sacar un pie fuera de lo habitual –y que significará tener opciones para crecer, aprender o mejorar- en general requerirá un esfuerzo, mental, físico o de ambos tipos.

La Zona de Confort actúa como un imán que nos atrae al ‘habituamiento’ y que nos lleva en consecuencia a la mediocridad, a no buscar ser mejores.

Esa inercia, que la vivimos a nivel personal, se da también a nivel social. Tal es así que ha sido bautizada: Kakonomía, concepto acuñado hace unos pocos años por los sociólogos italianos Gloria Origgi y Diego Gambetta. Kakonomía proviene del griego (κακός) y significa como lo que suena: “economía de lo malo”. (**)

Brevemente, en la kakonomía no se hace lo posible por buscar la excelencia, por obtener –y dar- lo mejor, sino todo lo contrario. Existe una aceptación mutua y en general tácita, de la mediocridad.

La kakonomía iría en contra de la racionalidad definida por la Ciencia Económica en donde exigimos siempre lo mejor y esperamos obtener el máximo, al menor coste posible.

Origgi y Gambetta sostienen –y demuestran- que a veces queremos dar menos y que el otro haga lo mismo en contrapartida: ‘acepto que incumplas tus compromisos porque quiero conservar la posibilidad de faltar a los míos sin sentirme culpable o quedar en evidencia’.

Los ejemplos de kakonomía son múltiples y en todos los ámbitos: “los constructores italianos nunca entregan en plazo, pero tampoco esperan que se les pague puntualmente” señalan los autores.

  • Los usuarios de aerolíneas low cost aceptan en su mayoría que se les ‘maltrate’ porque consideran que esa es la contrapartida a pagar poco por el billete.
  • En los procesos de selección, las empresas ya ni se molestan ni les preocupa comunicar nada siquiera a los que participan en las instancias finales, porque ya presuponen que los candidatos no esperan una comunicación en caso de no seguir en el proceso.
  • Todos conocemos casos en entornos laborales donde a alguien nuevo se le llama la atención porque hace demasiado o pretende hacerlo mejor/diferente y dejará en evidencia a los demás.

Quizá una de las expresiones más elocuente de kakonomía haya sido la manifestada por un presidente de Uruguay (***), en relación a los funcionarios públicos: “Ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago”.

En lo que no hay duda es que la kakonomía conlleva a un círculo vicioso, a la ‘ley del mínimo esfuerzo’ y a un detrimento de la calidad y del valor esperado, de las relaciones y en definitiva, de la sociedad.

Si miramos a nuestro alrededor, veremos sin duda en diferentes ámbitos, ejemplos de cómo la kakonomía está instalada en la sociedad: aceptamos un sistema político cada vez más mediocre y los políticos aceptan por su parte que la gente no les aprecie, sin dar muestras ni hacer esfuerzos por ser mejores o tener altura de miras. Kakonomía.

Como siempre, hay una contracara. La buena noticia es que una sociedad cada vez más mediocre representa para los que no lo son o intentan no serlo una excelente oportunidad. No ser mediocre, en la sociedad actual, significa en buena medida algo tan sencillo como cuidar los detalles: responder un mail, cuidar las formas, dar las gracias. Pensar en el otro.

Como habitualmente, hago mi invitación. Hoy en día que escuchamos tantos ‘noes’, hay uno que resulta imperioso: dile NO a la kakonomía, porque como dijera el batería, cada segundo que dejes de hacerlo”, es una oportunidad perdida para convertirnos en una sociedad mejor.

(*) Se trata de Enrique Firpi, batería uruguayo radicado en Holanda desde 1987.

(**) Origgi y Gambetta: The LL game: The curious preference for low quality and its norms. El concepto rompe con la noción tradicional de la Ciencia Económica en donde los intercambios se hacen de forma racional y egoísta maximizando beneficios y minimizando costes, en otras palabras, esperamos que los otros den lo mejor de sí mismos, aunque nosotros no lo hagamos.

(***) Luis Alberto Lacalle, presidente de Uruguay entre 1990 y 1995.

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“Una monedita por favor…”

mano pidiendo

Si después de haber acompañado a más de doscientas personas en programas específicos de recolocación y emprendimiento, me pidieran un solo consejo para poder ser efectivo en la búsqueda de oportunidades profesionales, diría: No pidas limosna. Por favor.

Y es que no paro de escuchar y también ver en redes sociales personas que literalmente dicen: “si sabes de algo..”, “si me pueden ayudar…” “agradecería que me echaseis una mano…”, viniéndome en cada una de estas frases la imagen de una mano extendida pidiendo limosna.

Por supuesto nos encantará y nos favorecerá que nuestra red de contactos sepa de oportunidades, nos pueda ayudar o “eche una mano”. No se trata de eso. Tiene que ver con una cuestión actitudinal.

Olvidamos que cuando estamos en búsqueda de empleo –por cuenta ajena o propia- lo que estamos es ofreciendo nuestro valor diferencial. Repito: estamos ofreciendo. No pidiendo.

Esta es la cuestión fundamental, en donde ‘Juan Empresa’ o ‘Juan Cliente’ nos contratará sí y solo sí el valor que le proporcionemos, ofrezcamos, sea -bastante- superior al salario o precio que nos pagará. Así de sencillo.

Sencillo de comprender, pero más sutil en la práctica, dado que es el valor que Juan Empresa perciba que le vamos a proporcionar, el que decida si nos contrata.

De allí la primera gran lección en estos procesos: si nosotros no somos conscientes, no sabemos cuál es ese valor o si lo somos pero no lo sabemos transmitir, difícilmente Juan Empresa lo perciba. Ergo, difícilmente nos contrate.

No me olvido de la segunda palabra clave mencionada: diferencial. Necesitamos igualmente ser los primeros en saber qué nos diferencia del resto, por qué me elegirían a mí y no al siguiente en la lista a entrevistar. Para ello lo mejor es dejar de lado los propios prejuicios y humildades mal entendidas así como poner el foco en lo que hemos hecho y logrado y sobre todo en cómo lo hemos conseguido. En nuestras capacidades, talentos y recursos.

En mi experiencia, quizá sea éste el punto de más complejidad, algo ya analizado en un post anterior.

No ser conocedores sobre quiénes somos, sobre nuestros recursos, aptitudes y dones nos impide ver o distinguir nuestro valor diferencial y por ende no nos permite transmitirlo.

Por ello seguramente en buena medida pedimos y no ofrecemos.

El punto de inflexión se dará cuando suceda lo contrario, cuando conectemos con nuestro valor diferencial y estemos orgullosos de contarlo.

No solo a Juan Empresa, también a nuestra red de contactos y a la sociedad, al igual que en la frase de John Kennedy (*), les encantará saber qué puedes hacer por ellos. Qué ofreces. Con orgullo. Desde el minuto uno, desde el primer contacto.

Así como todos somos únicos, nuestro valor también lo es. Si te cuesta verlo, una pista: el valor diferencial está en las cosas que nos gusta hacer y que hacemos por tanto sin esfuerzo. En eso consiste el talento.

No pidas limosna, no pidas una moneda. Si te cuesta cambiar de actitud, recuerda: al final del día, la monedita estará generada por ti.

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(*)“No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país.” Inaugural Address of John F. Kennedy 20/1/1961

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