Protocepto

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“A pesar del sistema educativo, seguimos siendo creativos”, enuncia Clara Kluk, experta en entrenamiento creativo y responsable desde hace varios años de toda la estrategia de cambio de cultura e innovación en Coca-Cola Company. Luego de haber tenido el privilegio de asistir a un taller de dos jornadas con Clara, puedo afirmar que algunos mitos y verdades sobre la creatividad quedan muy claros, valga la redundancia…

Una de esas verdades no siempre expresadas, es que la gran creatividad no equivale a tener muchas ideas, ni siquiera buenas ideas. La auténtica creatividad consiste en detectar y descubrir cuál es el (verdadero) problema y a partir de allí transformarlo en ideas que aporten soluciones.

El tema es que cuando identificamos un problema, en general no se trata de ‘el problema’. Si digo que necesito un taladro con una broca de 10mm, en realidad lo que necesito es un agujero de 10mm.

Los problemas van asociados a una necesidad, que surge de la diferencia entre una realidad que tenemos y una que queremos. Esa ‘distancia’ representa la magnitud del problema y entraña los posibles caminos que tenemos para acercar ambas realidades, la actual y la deseada. La clave por tanto es identificar cuál es la necesidad y de allí, la determinación del problema o los problemas conexos.

Asociamos en general creatividad con lluvia de ideas (brainstorming), trabajar con muñequitos, plastilina o ir al medio del campo o la playa para inspirarnos. Según Clara, esto es una parte muy poco representativa del proceso creativo. Lo importante es precisamente eso: el proceso. Un desarrollo que en realidad es muy racional y que requiere de mucho esfuerzo y perseverancia. ¡La creatividad implica un gran trabajo racional!

Para los grandes creadores, esto no es nuevo. Ya lo manifestaba Picasso en su famosa frase: “cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando” o las tan referidas a la proporción entre transpiración e inspiración de varios autores.

Precisamente -y a priori de forma sorprendente- la creatividad mayor no se da en el arte, sino en la ciencia y el ámbito militar, donde más protocolos, rigurosidad y disciplina metodológica existen. Y donde esa creatividad genera más impacto y se implementa, esto es, se convierte en innovación.

En este punto, conviene señalar la diferencia entre creatividad e innovación, conceptos que muchas veces se utilizan indistintamente y se confunden.

La creatividad es la facultad de crear, esto es, de introducir por vez primera algo, de dar una nueva respuesta, de hacer algo diferente. Capacidad que todos tenemos y que se manifiesta con mayor naturalidad de pequeños (como casi todas nuestras capacidades). La innovación por su parte, es la aplicación de esas nuevas ideas, conceptos o productos. Es la concreción tangible y sobre todo, apreciable por otra persona o personas. Si no hay apreciación de valor, no es innovación. Es el receptor de esa innovación el que tiene el poder de juzgarla y definirla como portadora –o no- de valor diferencial.

Leonardo Da Vinci fue una de las personas más creativas y visionarias en la historia de la humanidad, pero no fue innovador: sus creaciones y visiones no se concretaron ni fueron apreciadas y tampoco tuvieron impacto en el momento en que vivió. Thomas Edison sí lo fue.

Es verdad que para fomentar la creatividad es necesario un determinado clima y factores que puedan ayudar a aflorarla, en especial los que contribuyan a combatir la rutina y la ausencia de experimentación, los grandes enemigos de la creatividad. Pero no la ausencia de reglas o procesos. Muy por el contrario, para hacer una buena lluvia de ideas por ejemplo, se necesita de reglas claras, en especial de dos: i) diferir el juicio sobre las ideas generadas y ii) cuanto más ‘disparatadas’ y en mayor cantidad, mejor. La regla es que no hay regla para proponer una idea. A partir de allí deberá haber otro proceso para converger las ideas, analizar soluciones y generar un plan de acción. En definitiva: hay que seguir trabajando y trabajando, como parte del proceso.

En el proceso creativo todo tiene su momento. También para equivocarse.

No pocas veces escuchamos decir que las organizaciones más innovadoras y con más éxito son aquellas que permiten a sus miembros equivocarse, en otras palabras, que “el error es una perla”. Ojo.  Puede existir la tentación hacia el facilismo de que el error es bienvenido siempre y esto puede acarrear un gran coste.

Lo pertinente es cuándo se puede cometer el error y la magnitud de la consecuencia.

Por ejemplo, a la hora de sacar un nuevo producto, la tendencia ha sido tradicionalmente la de planificar, planificar y planificar, invirtiendo mucho tiempo y recursos de modo de minimizar el error a la hora del lanzamiento final. Un tropezón a esa altura sería muy caro.

En la actualidad regida por la volatilidad, la incertidumbre y la complejidad, la estrategia concebida como planificación y previsión, ha cobrado otro sentido. Muy contrariamente a la estrategia anterior, las empresas punteras en innovación prueban sus ideas cuando aún están muy verdes, refinándolas en pequeños saltos incrementales, minimizando el daño por el error y contrastando cada avance. Este proceso ha da lugar a un nuevo término: el protocepto, esto es un prototipo que se mueve en el plano de la idea, del concepto y se testea como tal.

Autores de vanguardia como Tom Peters definen este concepto en una frase: “Falla pronto, aprende pronto y repáralo pronto”. Lo complicado en todo caso no es fallar pronto, sino las otras dos fases, la de aprender rápido  y sobre todo el solucionarlo rápido.

En otras palabras: falla pronto y falla bien.

Algo que no siempre estamos dispuestos a aceptar, ¿o si?

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