La mesa está servida

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“La felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad”, nos dice el autor Eduard Punset, ejemplificándolo con su perra Pastora, quien se desespera de alegría ante los preparativos para su inminente comida, aplacando ostensiblemente su agitación a la hora de consumar el hecho.

La expectativa de un acontecimiento supera muchas veces la felicidad del propio acontecimiento. No sólo en los perros.

El 2013 está a punto de ser abierto y estamos ‘moviendo la cola’ expectantes, llenos de deseos, buenas intenciones y anhelos. Es lo que corresponde y es algo estupendo, sin duda.

La gran cuestión en todo caso es: qué sucederá cuando llegue, cuando toque ‘comerlo’. Qué va a pasar con todas esas expectativas, voluntades y aspiraciones. ¿Serán deglutidas sin más? ¿Serán zampadas como otras tantas veces, como otro año más?

Irónicamente, la respuesta vendrá  en las propias preguntas que nos hagamos. Las preguntas son la respuesta: ¿quiero que sea otro año más?; ¿cuál será el coste y cuál el beneficio en caso de serlo?; ¿qué necesito de verdad para alcanzar esos anhelos y deseos?; ¿qué voy a aportar para ello?; ¿a qué me comprometo?; ¿a qué digo que ‘si’ y a qué digo que ‘no’? o mejor: ¿a qué no estoy dispuesto a decir que no y a qué no lo estoy a decir que si?

Como he insistido en otros posts: la comprensión racional de algo no nos garantiza un cambio o una transformación. ‘Saber’ que tenemos que hacer algo en este 2013, no nos asegura para nada el poder lograrlo, ni siquiera comenzarlo. Lo que mueve es la experiencia, la vivencia. Y lamentablemente, son en general las negativas las que lo arrancan: la enfermedad, el accidente, el despido, la muerte cercana.

Por ello es tan importante poner el foco en la visión, la reflexión y la búsqueda de esas palancas emocionales que nos hagan vivir por anticipado lo que aún no hemos alcanzado y anhelamos. Hay que situarse EN la visión y desde allí construir, desde allí avanzar. Como me gusta decir: la visión es una invitación.

Hagamos que realmente sea nuestro futuro el que determine nuestro presente. Situándonos en ESE futuro que queremos vivir, haremos en cada momento lo que tengamos que hacer para llegar a él. No hay otra forma. O en todo caso, será una forma muy ineficaz.

Y respecto a nuestro pasado, ya sabemos: es nuestro presente quien lo determina. Dependiendo de cómo vea, perciba o distinga los hechos pasados, será la forma en cómo los aprecie, los valore y en consecuencia, los tenga en cuenta. Es el presente el que determina el pasado, no al revés. En todo caso, el pasado tiene que ser fuente de aprendizaje. En especial si no queremos engullirnos el 2013 como lo hacía Pastora –y todos los perros- con su comida.

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El enfoque de la relación (II). Los cuatro jinetes.

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El espacio de la relación es trascendente por algo que no siempre tomamos en cuenta: es donde tiene lugar esa propiedad única y maravillosa que es la generación de sinergia. Es decir, la cualidad por la que uno más uno es mayor que dos.

La relación es a la vez el mismo dominio en donde puede generarse lo contrario, la entropía, concepto proveniente de la termodinámica y que hace referencia a la destrucción y disipación de energía. Uno más uno no alcanzará nunca a dar dos.

En definitiva, lo que suceda en ese espacio, en esa interfase, hará que el efecto de la interacción genere un resultado mayor/mejor o menor/peor que el posible de alcanzar por las partes actuando individualmente.

Esto es válido y trascendente para cualquier tipo de relación, ya que siempre que hay interacción, hay un resultado: material, intangible o simplemente emocional. Desde un invento, un proyecto, un bebé o una pelea.

¿Qué es lo que hace que se derive un resultado u otro? ¿Cuáles son los factores que afectan a ese espacio de la relación?

Uno de ellos, ya mencionado en un post anterior es la positividad. El grado de positividad existente en una relación, afecta directamente a la eficacia y a la productividad de la misma. Positividad y productividad están estrictamente correlacionadas.

Esto, que parece evidente y de sentido común, no lo es tanto si tomamos en cuenta los resultados y la realidad de muchos sistemas relacionales, no sólo en organizaciones o empresas, sino también en los sistemas familiares.

La clave está, de acuerdo a John Gottman, una de las personas que más ha investigado sobre las relaciones, en que los elementos y factores negativos no sólo van en detrimento de la productividad, sino en que su peso, su ponderación frente a los positivos, es significativamente mayor.

En sus estudios, avalados por décadas de investigación, ha llegado incluso a determinar una correspondencia cuantitativa para mantener una relación en términos estables: una proporción de 5 a 1 de interacciones positivas sobre negativas, esto es, estadísticamente, por cada acción negativa tendrá que haber al menos cinco positivas para equilibrarla. Algo para reflexionar.

El Dr. Gottman ha identificado asimismo las conductas que más contribuyen a generar entropía y en definitiva a destruir el vínculo, las que ha denominado “Los cuatro Jinetes del Apocalipsis” de las relaciones: la crítica destructiva (culpabilizando), el desdén o desprecio,  la actitud defensiva y el aislamiento (stonewalling). De todos ellos, el desdén es el más tóxico para la relación.

Una presencia crónica de alguna de estas conductas/actitudes en la relación conducirá necesariamente, según Gottman, al fracaso y la ruptura.

Lo malo no es que se den esas conductas, sino que se anclen a la relación.

Lo malo, en todo caso, no es que se den conflictos, sino en cómo se gestionan. Más bien al contrario, el conflicto puede ser fuente de creación de valor a partir de la diversidad y la presencia de diversos puntos de vista que enriquezcan el resultado final.

El problema es que evadimos en general el conflicto o lo manejamos mal y respondemos con alguno de los Jinetes.

Más allá de los estudios de Gottman, tener en cuenta determinados factores y elementos presentes en toda relación nos podrá ayudar a gestionarlas mejor y a alinear las partes vinculadas:

Toda relación tiene un propósito. La relación puede ser coyuntural, estructural, casual o deliberada, pero tiene siempre una finalidad. Comprender y ser consciente de ese propósito ayudará a alinearse en torno al mismo.

La relación exige reciprocidad. La falta o desigualdad de correspondencia generan asimetrías que terminan pasando factura a la relación.

Hay que tener claras las expectativas. Dejar en claro qué se espera y qué se necesita en esa relación, es la mejor forma de evitar malentendidos, decepciones o frustraciones posteriores.

Valores comunes. Los valores son los cimientos de toda persona, por lo tanto si son compartidos, es decir, si son comunes y se honran en la relación, ésta será más fuerte y duradera.

El vehículo de la relación es la comunicación. Todo comunica y no podemos ‘no comunicar’. La forma en que lo hagamos determinará con buena probabilidad, el resultado de la relación.

Como dijimos en el post anterior, vivimos en constante relación. Identifiquemos si alguno de los Jinetes está presente y tengamos en cuenta los elementos mencionados y el esfuerzo que será necesario para compensar su aparición.

Valdrá la pena convertirlos en ponys.

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