Liderando violetas

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Nicola Notaro, a quien ya me referí en un post anterior, logró tener a sus veinte y pocos años su propia empresa, un vivero de plantas, tras haber ahorrado trabajando durante el día en una finca agrícola y durante la noche vendiendo ramos de flores, recorriendo parques y restaurantes de Montevideo, ciudad pujante y acogida de miles de inmigrantes europeos en las primeras décadas del siglo XX.

Sus primeros pasos como empresario, los dio acompañado de empleados que apostaron por un nuevo emprendimiento de alguien que nunca había tenido un comercio propio. Y acertaron. El vivero se convirtió en pocos años en una empresa muy fructífera, que fue creciendo y a la vez empleando más personal.

Casi 50 años después de su fundación, conocí desde mi infancia a alguno de esos empleados que comenzaron con Nicola. Alguno de ellos representaba para nosotros otro abuelo más a los que teníamos un cariño muy especial.

Buena parte de las personas que trabajaban en esa época en el vivero tenían una antigüedad en la empresa superior a los 20, 30 o más años. La mayoría inmigrantes como mi abuelo: italianos y españoles, por supuesto, pero también alemanes, checos y polacos, provenientes del destierro bélico y donde claramente algunos de ellos habían estado combatiendo en bandos contrarios.

Todas esas personas, sin excepción, siguieron vinculadas a la empresa hasta el final de sus días, algunas de ellas varios años después de haber fallecido mi abuelo, trabajando para mi padre y sus hermanos. Inclusive habiéndose jubilado, siempre querían hacer alguna actividad: regar, podar, preparar esquejes, lo que fuera con tal de estar participando en “sus” tareas. Para nosotros esta era la situación normal de las personas que trabajaban para la empresa familiar y habían comenzado con el abuelo Nicola.

Siempre me he preguntado: ¿cuál era su secreto? ¿Cómo una persona que solamente tenía estudios primarios y que nunca había gestionado ya no sólo una empresa, sino tampoco personas, pudo lograr lo que muchos otros con estudios, másters o formación específica aspiran y generalmente no alcanzan? ¿Cómo logró esa fidelidad, cómo obtuvo de esas personas ese grado de compromiso –y literalmente de amor- por una actividad y una empresa?

Sabemos que hay un salario económico y uno emocional y que éste puede generar un vínculo más fuerte que un contrato formal. Seguramente una de las respuestas a esas preguntas esté por tanto derivada del sentido de gratitud que puedan haber tenido esos inmigrantes que venían de situaciones extremas y fueron acogidos con dignidad, respeto y un futuro posible.

Desde luego que también factores culturales como el paradigma de tener un ‘trabajo para toda la vida’ estarían presentes.

Nicola, paradójicamente logró lo que empresas punteras en la gestión de personas, como Google, nos vienen demostrando que es cada vez más necesario en el nuevo escenario de la empresa: incentivar a los trabajadores a aportar INICIATIVA y PASIÓN, algo que no se obtiene simplemente pagando un salario, ni siquiera uno bueno. Estos valores no se pueden obligar a ser aportados a la empresa. Las personas tienen que DESEAR entregarlos.

Hoy tenemos claro que los directivos han de tener determinadas competencias, las técnicas y sobre todo las emocionales: auto-gestionando sus propias emociones y valorando y conduciendo las de los demás. Ya no alcanza con las características clásicas: visión, decisión, innovación, etc., si no están complementadas y dosificadas con la fuerza emocional para escuchar, entender, motivar e inspirar confianza.

La clave acaso pase entonces por el liderazgo y la aplicación que ejerció Nicola, por sus cualidades innatas y las aprendidas en los años de trabajo, que aportaron los ingredientes necesarios en cada momento: los técnicos cimentados en la práctica y la experiencia y los emocionales basados sobre todo en sus valores éticos y morales.

Lo cierto es que al morir el abuelo Nicola, hubo cosas que se fueron con él. La más sorprendente me la contó mi padre hace unos pocos años.

Una de las flores que más ayudó a mi abuelo a ganarse un dinero extra en su adolescencia, fue un tipo de violeta muy perfumada, que al parecer tenía mucho éxito en unos pequeños ramos que él mismo preparaba. Cuando ya tenía el vivero, siguió cultivando estas violetas en una pequeña porción de terreno que él cuidaba personalmente, ya no para la venta, sino para su uso particular: le encantaba llevar siempre unas violetas en el ojal de su traje. Me imagino que sería una especie de homenaje a esas ‘aliadas’ de su juventud.

Cuando falleció, continuaron cuidando ese pequeño cultivo de violetas. Pero una a una las plantas fueron muriendo y todos los esfuerzos que hicieron para mantenerlas fueron en vano. Según las propias palabras de mi padre, quien se emocionaba al contármelo: “nunca más pudimos hacer brotar ni una sola planta de esas violetas, nunca nos pasó algo igual en toda la historia del vivero”.

Quizá esa sea la respuesta que complemente a todas las anteriores: la personalidad, la idiosincrasia, -la energía- que tienen determinadas personas, es finalmente su mejor y más eficaz herramienta de liderazgo. Hasta para liderar plantas de violeta.

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