Y por siempre vivirán

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“Vengan todos, tengo una excelente noticia para contarles.. Acabamos de captar por la radio que han suspendido la búsqueda. Ahora depende sólo de nosotros..”. Habían pasado 10 días del accidente y esto es lo que les dijo Nando Parrado a sus compañeros, que seguramente habrán mirado entre atónita y estupefactamente al que les transmitía esa ‘buena noticia’.

Este año se cumplirán los 40 años de ese momento, de esas palabras. Ese momento real, no ideado, no metaforizado, que evidencia y sintetiza la esencia y actitud del verdadero liderazgo. Pocos ejemplos pueden ser tan significativos como éste, que sean tan reveladores y que puedan destilar lo que es el atributo sustancial de un líder: el de crear posibilidades.

En especial crear posibilidades allí donde nadie las ve.

Parrado estaba en ese momento creando una nueva realidad, que es precisamente de lo que se trata en el liderazgo. La verdadera misión de un líder no es la de resolver un problema, sino la de transformarlo en un reto, un desafío y a partir de allí generar una nueva energía.

La tragedia de los Andes, ocurrida un viernes 13, en octubre de 1972, ha producido libros, películas, documentales, miles de artículos, conferencias y websites de sus protagonistas. Pero en especial lo que más ha generado es aprendizaje y reflexión. O al menos debiera.

Uno de los aprendizajes mayores está reflejado en las palabras que dan pie a este post y que marcan el punto de inflexión dramático en el liderazgo de ese grupo de supervivientes.

A partir del momento del accidente el liderazgo fue asumido por el capitán del equipo de rugby, Marcelo, quien organizó, racionó y tuvo las palabras de aliento y calma para sus compañeros. Gracias a él pudieron vivir en esos primeros 10 días, ejerciendo un liderazgo claro y casi formal.

Hasta el minuto en que la radio Spika a pilas pudo captar la noticia de la suspensión definitiva de la búsqueda. A partir de ese mismísimo instante, el capitán del equipo, según las propias palabras de sus compañeros, se derrumbó, se vino abajo y su liderazgo se esfumó.

Fernando Parrado quien tenía en ese momento 22 años (cumpliría los 23 unas semanas después, aún entre las montañas), había visto morir dos días atrás y en sus propios brazos a su hermana, había perdido también a su madre en el accidente y él mismo había sido dado por muerto, al haber estado inconsciente los tres primeros días. Nando no era el líder, ni formal ni informalmente. Y seguramente tenía más motivos para hundirse que para seguir adelante.

Cuando en los libros y cursos de liderazgo se plantea si el líder nace o se hace, habría que presentarles a Nando Parrado. Ni una cosa ni la otra o seguramente ambas a la vez. Da igual.

Al final, lo único y verdaderamente importante es la actitud. En este caso, la que te hundirá o la que te conducirá a la vida. No encuentro un ejemplo más elocuente. El liderazgo no es una posición, es una forma de ser en la vida.

Nando Parrado no eligió ser líder. En sus propias palabras (*)“..¿quién quiere ser líder de unos condenados a muerte? Vivíamos como si estuviéramos frente a un pelotón de fusilamiento. La pregunta entre nosotros no era: ¿Estás bien?, nos preguntábamos unos a otros: ¿Estás vivo?”

Él mismo dice que fue como sacarse la lotería al revés: estar en el lugar equivocado y el momento equivocado. Lo cierto es que para sus compañeros supervivientes él fue el hilo conductor hacia la vida.

Para ello Nando tuvo otros tres atributos fundamentales presentes en un líder: tener la visión -salir por sus propios medios-, generar co-liderazgo, en especial con Roberto Canessa y sobre todo: ser perseverante.

Todo ello redundó en lo que el mismo Parrado dice que ha sido uno de sus mayores aprendizajes, la toma de decisiones: “Descubrí algunas cosas que resultaron cruciales para el resto de mi vida, pero aunque suene extraño, lo más importante que aprendí fue a tomar decisiones.

Siempre digo que allá arriba tomé la decisión más importante de mi vida en veinte segundos. Estábamos en la expedición con Roberto Canessa, desde hacía días caminábamos para tratar de llegar a algún lado pero lo único que veíamos era nieve y montañas. Todo el tiempo, nieve y montañas cada vez más altas. En una de las escaladas llegamos hasta una cumbre convencidos de que del otro lado encontraríamos algo que no fuera blanco, esperábamos ver algo que nos diera una mínima esperanza.

Subimos hasta lo más alto, levantamos la cabeza y en lugar de ver un valle verde, nos dimos cuenta de que seguíamos en el medio de la nada. Para donde miráramos había nieve y picos de montañas.

En ese momento yo elegí cómo morir, me paré frente a Roberto y le dije: ‘O nos quedamos acá y nos morimos mirándonos a los ojos, o nos morimos caminando. Yo quiero morirme luchando’. Y por eso seguimos caminando, y por eso nos salvamos. Esa fue la decisión más importante que tomé en mi vida: cómo morir.

..ese día decidí cómo vivir”

Lo que Canessa y Parrado lograron es técnicamente imposible. Desde el punto de vista estadístico, no tiene probabilidad de éxito. Caminar y escalar durante 10 días, más de 70 km, atravesando sólo montañas a unos 4.000 m de altitud y a temperaturas de hasta -30º con ropa de calle y botines de rugby (del año ’72!), subalimentados y sin otro equipamiento que sus manos, palos y un saco de dormir hecho con fundas de asientos, es algo a priori inalcanzable. Desde ese punto de vista, es un milagro.

Para descifrar ese milagro, nuevamente podemos recurrir al propio Parrado y encontrar una clave. Según él, su motor era el amor, el amor hacia su padre, en quien pensaba constantemente, en lo que estaría sufriendo y a quien quería abrazar para menguarle en algo su dolor.

Cada líder tiene su motor y su combustible.

En total fueron 72 días en medio de un glaciar, para unos chicos veinteañeros que la mayoría de ellos, casi todos, veían nieve por primera vez en su vida.

Ocurrió hace cuarenta años y hoy la tragedia se ha convertido en historia. Una historia de la que algunos fuimos testigos indirectos: en mi clase del colegio había un chico que era familiar cercano de Pedro Algorta, finalmente uno de los 16 supervivientes. Si bien yo tenía 6 años, recuerdo perfectamente a la madre de mi compañero, que era muy católica, pedirnos que rezáramos para que aparecieran con vida. Para que sucediera el milagro.

He querido que el primer post de este año pueda valerse de esta odisea real para inspirarnos a cada uno en su cordillera personal, para liderar y liderarnos, para encontrar nuestro motor y su combustible.

En definitiva: para generar nuestro propio milagro.

(*) Palabras extraídas de una entrevista a Fernando Parrado en febrero de 2000 y publicada en el sitio oficial del accidente de los Andes http://www.viven.com.uy

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