Como pez en el agua

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¿Qué es lo único que es invisible a los ojos de un pez? El agua, por supuesto. ¿En qué momento podrá el pez darse cuenta entonces de que existe el agua? Claramente, cuando lo saquemos fuera.

William Thomson, conocido como Lord Kelvin, introdujo una nueva escala de temperatura que lleva aún su nombre y fue quien dijo en el año 1900: “No queda nada por ser descubierto en el campo de la física actualmente. Todo lo que falta son medidas más y más precisas“. Cinco años después de esa rotunda aseveración, Albert Einstein publicó su trabajo sobre la relatividad, estableciendo reglas diferentes a la física mecánica de Newton, que había sido utilizada para describir la fuerza y el movimiento por más de doscientos años.

Hace sólo 48 horas la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) ha anunciado que unas partículas subatómicas (los neutrinos) han logrado superar la velocidad de la luz poniendo en tela de juicio la Teoría de la Relatividad. Es decir, existe “algo” más rápido que la luz. De confirmarse, esto supondría al menos en teoría, que se podría viajar a través del tiempo.

Seguro que al leer esto te ha pasado lo del pez. No lo ves. No está dentro del agua, no está dentro de nuestro paradigma. Quizás nos pase lo que a Lord Kelvin.

Sinceramente, si el CERN tiene razón o si es simplemente una estrategia para conseguir más fondos para sus experimentos hiper-mega caros, no es lo que me ocupa en este post.

Me interesa hablar del agua del pez.

Sobre paradigmas y más concretamente de cambio de paradigmas se habla bastante en los últimos tiempos. Sería importante primero entender qué es un paradigma.

Si vamos al diccionario de la RAE, no nos ayuda mucho: “ejemplo o ejemplar”. En el campo de la psicología, nos aclaramos un poco más: “..ideas, pensamientos y creencias incorporadas generalmente durante nuestra primera etapa de vida que se aceptan como verdaderas o falsas sin ponerlas a prueba de un nuevo análisis”. En las ciencias sociales, el paradigma se encuentra relacionado al concepto de cosmovisión. El término se utiliza para describir el conjunto de experiencias, creencias y valores que inciden en la forma en que un sujeto percibe la realidad y en su forma de respuesta. En otras palabras, un paradigma es la manera en la que percibimos, interpretamos y entendemos el mundo. Es el modelo de realidad que nos damos, es el mindset.

Por lo tanto al afectar nuestra percepción, los paradigmas afectan nuestros juicios y decisiones.

Entonces, ¿son útiles los paradigmas? Por supuesto: nos muestran qué es importante y qué no lo es, nos ayudan a clarificar situaciones para encontrar soluciones y proveer reglas. Enfocan nuestra atención.

Pero..¿cuál es el problema entonces de tener paradigmas? El inconveniente surge cuando los paradigmas se llegan a convertir en “el paradigma”, esto es: en la única manera de hacer y entender algo. Y de allí que ante una alternativa que no encaje con ‘ese paradigma’ la rechacemos. Esto puede llevarnos a la parálisis paradigmática, una enfermedad mortal y muy fácil de contraer.

Un paradigma selecciona información que nos es familiar de forma precisa y detallada pero por otra parte deja de lado la información que no concuerda con él. Los paradigmas filtran nuestras experiencias. Observamos a través de nuestros paradigmas, en otras palabras: uno ve lo que espera ver.

Constantemente elegimos aquellos datos que mejor se acomodan a nuestras reglas y normas tratando de ignorar el resto. Como resultado, lo que es perfectamente obvio para una persona con un paradigma, puede ser simplemente invisible o imperceptible para otra con otro paradigma.

Esta cuestión se ha constatado claramente en el campo científico y se ponen ejemplos como los de Galileo arriesgando su vida por ir en contra del paradigma geocéntrico imperante. Pero en realidad los paradigmas rigen en todos los planos de nuestra vida: personal, profesional, político, espiritual..

La buena noticia es que los seres humanos no estamos programados genéticamente para ver el mundo de una sola manera, podemos obviar un paradigma y adoptar uno nuevo. Podemos elegir ver al mundo de una nueva manera.

La clave está en ser capaces de reconocer nuestros paradigmas presentes y estar preparados para superarlos. No quedarnos en los típicos “aquí esto siempre se ha hecho así”, “esto es imposible”, “sólo un loco o un idiota podría intentarlo” y un sinfín de frases que todos hemos escuchado y que son el síntoma de la mencionada parálisis paradigmática.

La misma parálisis paradigmática que ha dado cientos de ejemplos que ilustran lo mortal que puede ser: en una industria, como los productores que se preguntaron “A quién le puede interesar oír hablar a los actores?” al momento de estrenarse The jazz Singer, uno de los primeros films sonoros o por causa de modelos políticos, como lo ejemplificó la Guerra Fría y el muro de Berlín. O simplemente como los que se siguen aferrando a la bandera de “Lo que ha tenido éxito en el pasado deberá seguir teniéndolo en el futuro”.

El mundo está muy feo y es cierto que se necesita un cambio de paradigma. Pero no de sistema político, no de sistema económico. Si lo planteamos así, seguimos estando dentro del mismo paradigma. Seguimos siendo el pez. El cambio necesario de paradigma es desde dentro. Son las personas las que conducen los sistemas y por lo tanto el cambio se tiene que impulsar desde las personas. La crisis no es más que una crisis de valores, no de sistema. Y la crisis de valores no es más que una crisis de consciencia.

Lo bueno es que no necesitamos de un avance científico o tecnológico para impulsar los cambios necesarios. Lo malo es que nos están teniendo que ‘sacar fuera del agua’ para tomar consciencia de ellos.

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El poder de ‘Va, pensiero’ *

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Se dice habitualmente que cuatro ojos ven más que dos. Detrás de esta expresión está, entre otras cosas, la confianza -o más bien la esperanza- de que la interacción entre varias personas neutralice de alguna forma lo que las personas individualmente puedan sentir. Este es el principio en el cual se basa la Justicia para funcionar con jurados, en donde la imparcialidad del grupo se supone mayor que la de una sola persona, el juez.

Lo cierto es que pocas reacciones suelen demostrar tanta visceralidad y capacidad de propagación como las colectivas. Los estados emocionales son como los virus: se contagian. En especial las emociones básicas como el miedo, la tristeza, la felicidad, la ira o el asco.

Por tanto, lejos de neutralizarse, las emociones en la interacción se van sumando, agregando, tomando forma hasta convertirse en algo único y con un resultado que puede llegar a ser diferente al de la emoción de las personas individualmente antes de la interacción.

En definitiva, lo que sucede es exactamente al revés de la lógica de la Justicia: las emociones grupales se pueden convertir en un factor neutralizante e incluso sustitutivo para las emociones individuales.

No es necesario ser psicólogo social para comprobarlo, alcanza con subirse a un autobús o al metro, en especial a determinadas horas: la tristeza de las personas se puede a veces hasta palpar, por zonas o en alguno de los vagones en concreto. Es difícil encontrar una cara alegre. Lo contrario también sucede, como lo han mostrado en el conocido vídeo belga de Christine Rabette. Hay pocas cosas que sean tan contagiosas como la risa.

Pero existe un elemento que también puede potenciar, neutralizar y sobre todo cambiar un estado emocional: la música. Publicitarios, directores de cine, generales militares y las madres lo saben bien, aprovechan el poder de la música para evocar emociones.

La música se utiliza, en el sentido más puro de la palabra, para manipular nuestro estado emocional, logrando no sólo que aceptemos esa influencia, sino que la disfrutemos. Las madres de todo el mundo y en todo tiempo, cultura, religión, condición social o económica, han utilizado el canto para hacer dormir a los niños o para distraerlos de algo que les ha hecho llorar.

En el deporte también se utiliza: lo vimos hoy en el mundial de rugby con los rituales de cada equipo antes de jugar o también la música de Coldplay que hacía escuchar Pep Guardiola a los jugadores del Barcelona antes de salir al campo de juego.

A mí me gustaría compartir un ejemplo reciente, que sintetiza y representa un claro caso de contagio emocional y que encabeza este post con un vídeo:

Jueves 17 de marzo de 2011. Celebración de los 150 años de la unificación de Italia, teatro de la Ópera de Roma. Alta gala y formalidad: están presentes las máximas autoridades de Italia, Berlusconi  y Giorgio Napolitano (presidente de la República) incluidos. Se representa para la ocasión la ópera Nabucco de Giuseppe Verdi, de cuatro actos.

En el tercer acto, al finalizar el coro la mítica parte Va, pensiero, el público estalla en aplausos, gritos y alguna insólita petición de ‘bis’ -en medio de un acto-, que no paran hasta que el director, Ricardo Muti, pide silencio y en ese instante alguien grita “viva Italia!”. Muti, se gira y contesta “Si, yo estoy de acuerdo con que viva la Italia..” y a partir de allí continúa hablando en un tono muy calmo hacia el público señalando que él como italiano se sentía muy dolorido por la situación (refiriéndose a los recortes presupuestarios a la cultura y a la situación económica en general). Entonces, en forma inaudita, dice que accederá a ejecutar nuevamente Va, pensiero, pero esta vez cantando todos juntos, público incluido. A partir de allí, coro, músicos y público en pie -dirigido directamente por Muti quien deja de darles la espalda- forman una piña emocional única, conmovedora y confirmadora del poder generador de la música.

Va, pensiero, traducido habitualmente como “Vuela, pensamiento” es una de las músicas más emblemáticas utilizadas en su época por los patriotas italianos que buscaban la unidad y la soberanía nacional y canta la historia del exilio hebreo en Babilonia. Se ha convertido a lo largo de los años en un himno a la libertad.

La música es una de las herramientas más potentes para la generación de emociones. Más que las imágenes. La mayor y más simple prueba la podemos hacer presionando el botón del mute del control remoto de la tele en alguna escena donde aparentemente la imagen es la importante. Esto sería incluso más evidente si cambiamos radicalmente el tipo de música de fondo de esa misma escena. Podemos llegar a transmitir un significado totalmente opuesto.

Invito a que vean el vídeo. Reto a cualquiera que lo vea, independientemente de sus gustos musicales, nacionalidad o cualquier otro tipo de condición a que al menos durante algunos segundos no sufra el contagio de la emoción imperante en ese momento.

* Con seguridad hayamos escuchado alguna vez esta pieza musical en múltiples versiones, incluso fusionando el rock con la ópera como hicieron Zucchero y Pavarotti durante un concierto. Probablemente no sepamos que esta ópera significó un punto de inflexión en la vida de Verdi. La hizo en el peor momento de su vida, poco después de morir su esposa y dos pequeños hijos. Comenzó a componerla a regañadientes y por compromiso, en un estado anímicamente depresivo cuando ya había decidido prácticamente no componer más. La cautivación, el éxito y la repercusión en la sociedad italiana que logró fue de tal magnitud, que significó una inyección de energía tremenda para el autor. Comenzó el período de mayor creatividad, componiendo a un ritmo frenético, realizando 17 óperas en 12 años. Va’ pensiero había logrado lo más importante, no sólo transmitir emoción al público, sino devolver esa inmensa energía a su autor, transformándose en un verdadero combustible para el resto de su vida.

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