Fascinación travesti

Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo.

Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo.

Cuando ingresé en la Facultad de Ciencias Económicas, el porcentaje de estudiantes que optaba por la rama de economía era de apenas el 5%. El 95% restante elegía formarse en el área administrativo-contable. Es decir, sólo uno de cada veinte estudiantes queríamos ser economista, profesión sobre la cual no sólo había poco conocimiento en la sociedad, sino además confusión: ¿Qué hace? ¿Qué no hace? ¿Dónde puede trabajar? ¿Sabe más que un Contable..?

En estas dos últimas décadas la situación ha ido cambiando y la proporción ha variado considerablemente, hoy casi uno de cada tres estudiantes que ingresa en esa misma Facultad elige la profesión que tiene a padres tan diversos como Adam Smith, Karl Marx y antepasados tan lejanos como Ibn Khaldoun en el siglo XIV o el propio Aristóteles, casi cuatro siglos A.C.

Está claro: la Ciencia Económica ha ido ganando adeptos, provoca mayor fascinación. Fascinación travesti.

Me explico. La Economía está considerada como una ciencia social, es decir su objeto de estudio está centrado en determinados aspectos y comportamientos de las personas. A la vez, como ciencia, ‘debe’ establecer descripciones objetivas basadas en propiedades observables y por tanto verificables de la realidad. Debe formular ‘leyes’ que establezcan vínculos causales entre las variables que describe.

Esto es, la ‘Ciencia Económica’ tiene una naturaleza basada en la interrelación humana,  profundamente subjetiva y a la vez se viste de rigurosidad científica, pretendidamente objetiva. No hay duda: la Economía es una disciplina travesti.

Un travestismo que queda reflejado en las decenas de escuelas de pensamiento económico que han existido y existen (y seguramente se crearán). Por citar algunas: escolástica, mercantilista, fisiocrática, clásica, marxista, austríaca, neoclásica, keynesiana, neokeynesiana, postkeynesiana, monetarista, de Chicago, estructuralista, institucionalista,..

Casi todos los autores y partidarios de cada una de esas corrientes han tenido una obsesión: vestirse de ciencia exacta. Dicho de otro modo, poder explicar determinados aspectos de la conducta humana a través de ecuaciones y modelos, expresiones matemáticas, hipótesis, relaciones de causa-efecto, sistemas complejos, vectores y un sinfín de variables y parámetros. Con el asombroso resultado de enunciados muchas veces diametralmente opuestos entre ellos en sus postulados y por consiguiente en las recetas a aplicar. Uno de los mayores estereotipos de aquello de “cada maestrillo con su librillo..”.

Quisiera aclarar que todas estas afirmaciones sobre la Economía, no representan necesariamente un juicio de valor negativo. De hecho, entiendo que es bueno y necesario poder derivar relaciones, correlaciones, conexiones y coherencias para poder comprender y extraer conclusiones. Ese no es el problema.

El inconveniente es concentrarse y aferrarse terca y dogmáticamente a esa vestimenta ‘científica’, olvidando, dejando de lado o simplemente parcializando la naturaleza, la condición humana que está en su esencia.

En concreto, quisiera resaltar dos aspectos.

El primero, el de la racionalidad. Empuñar la bandera de la racionalidad como generadora de todas las decisiones y conductas de los agentes económicos como lo hace la Ciencia Económica, es como decir que las personas sólo utilizan el neocórtex (la parte del cerebro más reciente en términos evolutivos) y que viven al margen del sistema límbico, la parte más primitiva del cerebro en términos filogenéticos y relacionada con las respuestas emocionales, instintivas.

En otras palabras, que en las decisiones, las personas sólo realizan un pensamiento lógico y racional y las emociones no cuentan.

Hoy en día hablar de Inteligencia Emocional no sólo no es novedad sino que además sabemos que para determinados estratos de decisión, los relacionados con posiciones directivas, son más importantes las cualidades emocionales que las intelectuales, en una aplastante proporción de seis veces a una.

Quienes sí tienen claro lo importante de las emociones son los expertos en marketing y algunos empresarios. Como dijera Robert Revson, fundador de Revlon: “En las fábricas hacemos cosméticos, en las tiendas vendemos esperanzas..”.

Los argumentos de venta de Coca-Cola no hacen referencia a su poder para quitar la sed, que no lo tiene, sino a valores como compartir, alegría, “la chispa de la vida..”. Emociones.

Las campañas políticas tampoco apuntan a la racionalidad del votante.

Se podrían poner cientos de ejemplos donde las evoluciones de demanda y oferta no tienen nada que ver con la racionalidad de sus mercados o al menos con la conducta que se espera de los agentes intervinientes.

La Economía sin embargo ha hecho esfuerzos por incorporar estas variables ‘no tan objetivas’ y las incluye de alguna forma en sus ecuaciones. Las puede llamar factores de moda (típicamente cuando algo está de moda y no me importa su precio), expectativas, o simplemente “excepciones a la regla”.

Hace poco más de 15 años, el Premio Nobel de Economía fue para Robert Lucas, quien hablaba de las expectativas racionales. Literalmente, de “..la formulación de previsiones sobre el comportamiento futuro de la economía sobre la base de la adquisición y uso racional de la información.”

No hay que ser economista para mirar un poco la tele o leer las noticias y ver que lo que pasa en la economía mundial tiene bastante poco que ver con el uso racional de la información.

Un segundo aspecto, tiene que ver con la incidencia de la evolución tecnológica en la conducta de las personas. Algo que parece no existir para la Economía.

No hablaré de modelos de negocio impensables hace tan sólo unos pocos años, posibles gracias a la conectividad y que contravienen ‘reglas’ económicas tradicionales.

Tampoco comentaré acerca de la poca vigencia del elemento principal de preocupación de la Ciencia Económica desde su origen, la escasez, y que hoy en día tendría que ser el opuesto: la superabundancia (no sólo de información, también de capitales).

Hablaré de un ejemplo muy concreto: del premio Nóbel de Economía de 2010. Fue para tres autores: Diamond, Mortensen y Pissarides, quienes modelizaron las fricciones para unir oferta y demanda en el mercado laboral. Tema de absoluta vigencia. La teoría realmente no aporta soluciones, sino más bien explicaciones: por qué es tan difícil y por qué lleva tanto tiempo, cuando se ha tenido una crisis económica como la que acabamos de tener, regresar al pleno empleo.

En concreto, Diamond, de 70 años, explica “..cómo compradores y vendedores o empresas y desempleados tienen dificultades para entrar en contacto. Puesto que los procesos de búsqueda requieren tiempo y recursos, es posible que la oferta y la demanda se encuentren, pero también que lo hagan ineficientemente o que simplemente no logren casarse.”

Yo me pregunto, ¿Sabrá Diamond que vivimos en el momento de la historia donde es más fácil que nunca que la oferta y la demanda (de cualquier mercado, pero especialmente el laboral) se puedan encontrar?  ¿Sabrá lo que es LinkedIn la red social profesional que genera ya cerca del 50% del empleo en España y más del 80% en EEUU?. ¿Tendrá Diamond consciencia de cómo funcionan los portales de empleo y de lo fácil que es acceder a ellos?

Me cuesta pensar en una respuesta afirmativa.

Me cuesta también seguir teniendo fascinación por una disciplina que en su mundo académico no está dando las respuestas adecuadas, actualizadas y necesarias para esta realidad cada vez más urgente.

¿No será hora de cambiar de traje?

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