Emilio Duró

Dice Emilio Duró, el conocido consultor catalán: “Hay gente que haga lo que haga siempre le sale bien y hay gente que haga que haga, lo hunde. Hay gente que esté donde esté se lo pasa bien y hay otros que estén donde estén te amargan la vida.”

El tema sobre el que Emilio Duró habla habitualmente en sus conferencias es el optimismo, la felicidad. Como se dice en España: “lo que hace ilusión”. Realmente las cosas que dice no son excepcionales o necesariamente nuevas, lo más interesante es la forma cómo las transmite.

Algunas de las cuestiones que se pueden extraer de su discurso:

Las experiencias negativas causan miedo. Y el miedo es la principal causa del fracaso.

El cerebro no ve nada más que lo que las emociones quieren.

El 99 % de las cosas que nos preocupan no han pasado ni pasarán.

El 97% de la gente no sabe por qué se levanta por las mañanas. Cualquier persona que tenga un ‘por qué’ vivir, siempre encuentra un ‘cómo.’ El que no tiene un ‘por qué’ vivir, es imposible que encuentre el ‘cómo’.

Si algo no te apasiona, no lo hagas.

¿Cómo puedo tener un hijo maravilloso? Siendo maravilloso. No podéis tener familias felices si no sois felices.

Un cerdo se aparea con una cerda, una jirafa con una jirafo.. La gente crítica se junta y come junta. Los amargados atraen a los amargados y repelen a los positivos.

La mala suerte se pega.

Tu mente atrae aquello en lo que piensas.

El hombre es el único animal que sólo con pensar en algo lo vive y lo sufre igual que si estuviera realmente pasando.

Muchas de estas cuestiones son las que habitualmente trato en este blog y como un vídeo vale más que mil posts.. recomiendo ver el vídeo que encabeza este mismo post. Disfrutadlo. Es largo.. pero vale la pena llegar al final.

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Pisando la mariposa

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“No sé qué habré hecho en otra vida para merecer esto..” Seguro que han escuchado esta frase más de una vez. Más allá de las creencias sobre la reencarnación que se pueda tener, está claro que es una frase bastante simple como excusa, como puerta de salida a la realidad. Como dice un gran amigo: “lo importante siempre es no tener la culpa”.

Hay personas que son campeonas en encontrar excusas a lo que les ocurre. Viven huyendo hacia delante y pensando que todo lo que les sucede es producto de las circunstancias: su trabajo, su matrimonio, sus relaciones familiares, el lugar donde viven.. El mundo está en contra de ellas. O incluso peor, piensan constantemente “yo soy así” y “..qué se le va a hacer..”. Es como si esas circunstancias y esa forma de ser no tuvieran que ver con sus propias acciones o decisiones.

En Coaching asumimos exactamente lo opuesto: todo ser humano crea la realidad con sus acciones. Y diría más: crea la realidad con sus pensamientos. Porque es el pensamiento el que primero interpretó, para luego tomar una decisión y finalmente dar forma a la acción.

Por lo tanto todas nuestras decisiones tendrán un impacto. Y todas las decisiones tienen un coste, a veces insospechado y no siempre bien ponderado.

En la película “El sonido del trueno” (A sound of thunder, con Edward Burns y Ben Kingsley), ambientada en el año 2054 y basada en un relato de ciencia ficción de Ray Bradbury, se realizan viajes al pasado prehistórico a modo de excursiones para ver a los dinosaurios. Los viajeros tienen una sola regla: no tocar ni modificar nada. En uno de esos viajes, alguien pisa por accidente a una mariposa, pero decide callar. Cuando regresan a su presente, la realidad ya no es la misma y se va transformando aún más con el paso del tiempo. Animales de especies absolutamente desconocidas se apoderan de los parques, cazando personas y la naturaleza va invadiéndolo todo. Ya nada es lo que era.

El mensaje es obvio: una acción tan pequeña puede cambiar radicalmente el futuro.

No nos damos cuenta muchas veces del alcance de una decisión, del alcance de una acción. Y en este punto las personas nos preguntamos: ¿debo tomar las decisiones con la cabeza o con el corazón? ¿Pensando o sintiendo? ¿Qué es más importante? Pues yo diría que no existe tal dicotomía. Porque aunque haya hecho caso a la decisión “racional”, a la larga, al final, nuestra mente verá lo que el corazón querrá mostrarle. No hay lugar a dudas. Los sentimientos siempre van a primar. Tarde o temprano van a aflorar.

Por lo tanto la invitación es a tomar las decisiones pensando en cómo hacer para alcanzar lo que sentimos, porque a partir de allí estaré construyendo ese futuro QUE QUIERO. No intentando evitar el que no quiero. Aunque pueda parecer lo mismo, o similar, nos lleva a futuros bien diferentes.

Como dice la pensadora catalana Helena Agramunt: “Necesitamos un enfoque que nos permita salir de nuestros paradigmas limitantes y explorar con los ojos del corazón lo que resulta invisible a los ojos de la mente”.

No le demos el gusto a las circunstancias. No arranquemos el día pensando en terminarlo lo antes posible. No arranquemos la semana sufriendo hasta que llegue el viernes. No vivamos pensando en lo que pudo ser.

No pisemos la mariposa, tontamente y pensando que no tiene consecuencias en nuestro futuro.

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Ojos nuevos

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A fines del año 2000 tuve a Facebook en mis manos. Sí, 3 años antes de que Mark Zuckerberg lo comenzara a desarrollar en su habitación de Harvard. Lo tuve yo y lo tuvieron los cerca de 600 stagiaires que hicimos el Winter Stage 2000-2001 en la Comisión Europea. Estaba impreso, tenía tapas azules de cartulina, tamaño A4 y tenía unos 4 cm de grosor. Se llamaba “Who’s Who” y obviamente, era un directorio de todos los stagieres: sus fotos, datos personales, profesiones, dirección de email y alguna otra cosa que cada uno quisiera añadir, como hobbies o aficiones.

Algo similar ocurrió también con todos los estudiantes de esos años previos al lanzamiento de “Thefacebook.com” en febrero de 2004: de universidades, centros de estudio o simplemente empleados de empresas que tuviesen algún tipo de directorio, impreso u online. Todos lo tuvieron en sus manos, o frente a sus ojos. Pero ninguno lo vio. Ninguno lo vimos.

Y si alguno lo vio, no pudo o no supo llevarlo adelante. Al menos, no tuvo la visión y el empuje de Zuckerberg. Como seguramente les sucedió a los gemelos Winklevoss, creadores de Harvard Connection, supuestos inspiradores del FB y que al parecer vuelven ahora al ataque con otro juicio “por motivos estrictamente morales..”.

Pero da igual. En todo caso el ganador ha sido y es Mark. Y los cerca de 600 millones de usuarios (actuales), los desarrolladores de aplicaciones o empresas que basan sus negocios sobre FB, los que dan cursitos sobre cómo rentabilizar FB, los que lideraron las revueltas en Túnez y el resto de países árabes y los que seguirán beneficiándose de este verdadero punto de inflexión del s.XXI

Este aspecto encaja perfectamente con la frase que he elegido para encabezar este Weblog: la importancia de dar un paso diferente sin dejar de ser uno mismo. Diría más: la importancia de dar ese paso para poder seguir siendo uno mismo. En 2002, con 17 años, Mark lanzó Synapse Media Player, una aplicación que predecía canciones basándose en las preferencias del usuario. El éxito fue tan importante, que diferentes compañías de software, como Microsoft o Apple, quisieron obtener los derechos, pero finalmente no se llegó a ningún acuerdo, simplemente porque el objetivo de Mark era la descarga gratis.

Si la idea inspiradora de Facebook fue la de los hermanos Winklevoss o si el chispazo inicial de motivación provino del rechazo amoroso de una chica, poco importa. Lo trascendente, lo verdaderamente valioso es que Mark vio algo nuevo en algo que ya existía hasta en el nombre (los ‘facebooks’ son los directorios de las universidades).

Aquí es cuando más sentido cobra lo que aplicamos en Coaching: Hay que aprender a mirar las cosas viejas con ojos nuevos y dejar de buscar cosas nuevas con ojos viejos.

Zuckerberg no inventó la rueda. Simplemente vio una utilidad adicional a esa rueda y la puso a rodar para todos. Llevó al extremo el espíritu de la Web 2.0 con una estrategia radicalmente opuesta a la que tenía la red social más grande en su día, MySpace.

Ver con nuevos ojos es esencial también hacia las personas. Nos acostumbramos a ‘mirar’ a las personas de la misma manera y con la misma etiqueta que le hemos puesto en determinado momento. O incluso peor: con la etiqueta que le han puesto otros. Nuestros prejuicios, creencias y filtros limitantes nos impiden ver qué cualidades, qué recursos tienen, qué las hace únicas. Haciendo la analogía con los ‘facebooks’: no ver más allá de lo que estaba delante de nuestra nariz sin apreciar la potencialidad de fondo.

Esto es especialmente evidente en las empresas. Muchas veces hay personas que hagan lo que hagan, ya están ‘clasificadas’ y eso mismo hace que se encierren cada vez más dentro de esa clasificación, generando un círculo vicioso más acentuado. La tarea del líder es la de Zuckerberg: ver lo que nadie ve. Ver la potencialidad que está allí, agazapada, esperando ‘ser llamada’, despertada en muchos casos.

Diría más: ni siquiera es la potencialidad individual la significativa, es la de la relación, el interfase, la sinergia que se produce en la conectividad. Sólo hace falta verla primero y propiciarla después.

Exactamente igual que en Facebook.

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