Anticuerpos

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Cuenta el Dr. Mario Alonso Puig en su excelente libro “Vivir es un asunto urgente” que a un amigo de su padre, en la selva de Gabón, una serpiente mamba negra le cayó desde un árbol, con tan mala suerte que alcanzó a morderle en el cuello y el veneno fue rápidamente al corazón, matándole en menos de dos minutos.

A partir de esta anécdota, el Dr. Alonso nos señala que a lo largo de la vida muchos hemos encontrado o encontraremos personas que nos claven sus colmillos como una serpiente, introduciéndonos su veneno e intoxicándonos, en algunos casos –y si no conocemos o no aplicamos un antídoto- de por vida.

Identifica el autor tres venenos:

El primero es el veneno de la culpa. Al recibirlo, uno no se siente triste por algo que haya hecho, sino que se siente culpable. La diferencia está en que la tristeza invita a reparar el daño porque nos importa la otra persona, mientras que la culpa lleva a reparar el daño para no sentirnos culpables, para quitarnos de encima esa angustia de haber hecho algo “mal”.

Lo paradójico es que la culpa paraliza en lugar de mover a la acción. Muchas veces lo que hacemos es ocultarnos, no dar la cara. Preferimos el silencio. “El tiempo curará la herida..”, “ya lo entenderá..”, “mejor lo dejo así..”.

Dice el Dr. Alonso que las personas que nos introducen el veneno de la culpa lo hacen porque saben que de esa manera somos más manipulables.

Me vienen muchos ejemplos a la cabeza, pero me referiré a uno en particular. Conocí a un directivo en una multinacional que trabajaba al menos 10 a 12 horas todos los días, llevando incluso trabajo a casa para los fines de semana. En determinado momento y por circunstancias personales, comentó a su Directora General  que tendría que ir a buscar a su hijo al colegio los viernes a las 5 de la tarde, es decir una hora antes del horario normal de salida de todo el personal de la compañía. La Directora General, que habitualmente no se encontraba en las oficinas y que muy esporádicamente llamaba a sus directivos comenzó a llamar por teléfono sistemáticamente a este Director los viernes por la tarde. Precisamente sobre las 5 o a partir de las 5. Viernes tras viernes, sin excepción. El sentimiento de culpa del directivo se hizo tan grande que no fue capaz de encarar y transmitirle a su jefa todo lo que tenía dentro y lo injusto de la situación. El veneno de la culpa hizo su efecto y había un dominador y un dominado.

El siguiente es el veneno de la desesperanza. Es infectado por personas de actitud muy negativa que se sienten cómodas contaminando de pesimismo el ambiente. Gustan de hablar de lo que está mal y llevan a otros a pensar que lo que está mal puede estar peor. Dice acertadamente el Dr. Alonso que son como agujeros negros que aspiran nuestra energía dejándonos exhaustos y deprimidos.

Seguro que nos hemos encontrado con estos ‘agujeros negros’ a lo largo de nuestras vidas. En este caso es muy probable, o casi seguro que estas personas hayan sido inoculadas por otras iguales a ellas, como si de un virus se tratara. El pesimismo –al igual que el optimismo y casi todos los sentimientos- se contagian fácilmente. Baste ver qué sucede en el metro o en el autobús cuando alguien se ríe, o al contrario, cuando parece que todos van a un funeral.

El tercero es el veneno de la humillación. Cuando alguien nos emponzoña con este veneno, nos hace sentir como una persona de menor categoría, inferior, sin recursos ni valor. Como una cucaracha. Hay una sensación de sentirse permanentemente juzgado y en el punto de mira para ver si se da la talla. De ahí que por miedo a no estar a la altura, la tendencia es a aislarse y no destacar, a no atreverse ni abrirse camino.

Las personas que transmiten este veneno en general lo hacen para tapar sus propias inseguridades, sus propios complejos de inferioridad. Sucede muchas veces en las empresas familiares –y en las familias!- y en estructuras jerárquicas con “personas de confianza” de los propietarios, que no tienen ni la capacidad profesional ni la humana para gestionar su posición y por lo tanto hacen una huída hacia adelante humillando a las personas que están a su cargo, en sus equipos.

Lo absurdo de estas situaciones es que muchas veces esas personas humilladas son las personas más válidas, las que realmente llevan las riendas de la empresa –o de una familia-.

La reflexión final del Dr. Alonso es que si queremos vivir como seres libres, no debemos justificar lo que hemos hecho de nuestras vidas en base a lo que otros hicieron con nosotros. “No justifiquemos nuestro rechazo a los demás porque otros nos rechazaron o nuestro pesimismo porque nunca nadie nos alentó a vivir con alegría.” Es decir, se trata de no reproducir el patrón, el modelo que hemos sufrido, si es que lo hemos sufrido.

A mí me gustaría añadir a lo dicho por Alonso Puig: En realidad nosotros podemos ser agentes catalizadores de un contraveneno. Así como el suero antiofídico se obtiene inoculando a seres vivos (en general caballos u ovinos) que van generando anticuerpos en su sangre contra esa toxina específica, nosotros podemos utilizar nuestro sistema inmunológico –nuestros recursos, nuestros valores, nuestra auténtica naturaleza– para contrarrestar esos venenos.

Tenemos la capacidad para revertir esa toxicidad, para convertirla en un suero que nos inocule a nosotros y a los demás para inmunizarnos, ya no para ‘sobrevivir’, sino para vivir realmente la vida que queremos. Para obtener resultados y no ser un mar de excusas en base a lo que algunos ofidios nos han introducido. Para ser quienes realmente somos.

Por eso mi invitación es a inocular, a contagiar, a transmitir. Anticuerpos.

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