Desaprender

Sir John Whitmore

La pasada semana tuve el privilegio de asistir a un curso impartido por Sir John Whitmore en la Universidad Francisco de Vitoria. Dos jornadas enteras junto a esta leyenda viva de 72 años (cuyo espíritu es más jóven y revolucionario que muchos de 27) y que hace 30 años introdujo el Coaching en Europa a partir del “Inner Game” de Timothy Gallwey. Gallwey, que era entrenador en EE.UU de jugadores profesionales de tenis fue quien se planteó que el verdadero obstáculo a vencer estaba en la mente de los jugadores, no (sólo) en el adversario que tenían enfrente o en la marca que había que batir. Esto que hoy nos puede parecer algo no demasiado original, en realidad fue el punto de inflexión que desencadenó toda una nueva disciplina: el Coaching.

Como sintetiza Whitmore: “Coaching significa pensar de una manera diferente.”

Whitmore no tiene pelos en la lengua y una de las cuestiones en que es más crítico es con el modelo de enseñanza y educación del mundo occidental en general, en donde tenemos a un ‘experto que viene para enseñarnos’ y donde el foco se pone en el profesor cuando debería estar en el alumno. El potencial está en el alumno. Tras poner varios ejemplos, sobre todo en el área del deporte, Whitmore nos dice que la pregunta que nos tenemos que hacer es “¿A qué tenemos que renunciar para aprender?” Es decir: tenemos que vencer las resistencias a aprender, desaprendiendo. Desaprender es la clave para aprender.

Esto que parece un juego de palabras es muy evidente en el mundo empresarial y de las organizaciones en donde las formas y los estilos de dirección conducen a la desmotivación, la falta de cooperación y de valoración y por ende a la desilusión de las personas que las integran. Conduce a que las personas se vayan de las empresas: o bien físicamente, o bien mental y espiritualmente -aunque vayan todos los días a trabajar!-.

Poco a poco las organizaciones están tomando consciencia de que el estilo de liderazgo TIENE que cambiar. Hay que desaprender.

Yo pienso: el gran tema es que nadie nos enseña a aprender. Nos enseñan a través de instrucciones y del “esto está bien y esto mal”. La creatividad es un valor que debería apreciarse y cotizarse bastante más en la educación en general. A los niños no se les estimula a ser creativos. Hace unos meses, ante una pregunta en una prueba que ponía “¿Qué profesión utiliza un taller para trabajar?”, mi hija de 8 años contestó: un carpintero. La maestra le calificó de incorrecta su respuesta, ya que obviamente esperaba la respuesta de “un mecánico”. No sé cómo considerará esta maestra que se llama el lugar donde desarrolla su tarea un carpintero, pero lo cierto es que los niños no se pueden apartar del guión, aunque esté correcto. Podría poner decenas de ejemplos.

Relacionado con esto está la valoración de las cualidades emocionales de las personas. Daniel Goleman ha bautizado y desarrollado el término académico Inteligencia Emocional y ha demostrado que las cualidades emocionales (EQ) para todo tipo de trabajo son necesarias en un 66% frente al 33% de las cualidades intelectuales (IQ). Y para trabajos directivos la proporción necesaria se acentúa: un 85% de EQ frente a un 15% de IQ.

Nuevamente: ¿nos enseñan esto en la escuela, el instituto, la universidad, en la vida..? Qué se valora más, la EQ o la IQ?

La buena noticia es que las cosas van cambiando, evolucionando. Y el paradigma ya no es el mismo. Las empresas, especialmente las de IT  (como Google o Microsoft) lo están poniendo en práctica y saben que más que nunca el activo está en contar con la mente y el corazón de su gente, aprovechando los recursos propios de las personas: la iniciativa, la creatividad y sobre todo: la pasión.

Y estos valores no pueden ser obligados a ser aportados a la empresa. Las personas tienen que DESEAR aportarlos. Esa es la clave.

¿Tu qué opinas, hay algo que tengas que desaprender?

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De cómo ingresé a la O.P.P. o cómo ser auténtico sin proponérselo

Edificio Libertad

Recientemente estuve de viaje por Uruguay y como casi siempre, ha sido un motivo de alegría estar con la familia, amigos, pasear, saborear recuerdos y catar también alguna nostalgia que asoma en los rincones a veces menos esperados. Pasar por delante del Edificio Libertad, sede de la Presidencia de la República hasta no hace mucho y verlo vacío, imponente y solitario, esperando esa transformación que lo convierta en un hospital, fue para mí un momento impactante.

Trabajé en ese edificio durante más de 8 años, en la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), dependencia de la Presidencia encargada de asesorar en la formulación de planes, programas y políticas nacionales, así como también en la definición de la estrategia económica y social del Gobierno.

De todo ese alud de experiencias recordadas quisiera compartir en este post la primera, la que dio lugar a todas las demás: el proceso de ingreso a la institución, porque creo que es una de las que refleja más cabalmente la frase que guía este Weblog.

Tuve conocimiento del concurso a través de una compañera de Facultad, que me llamó un sábado por la mañana mientras yo daba clases de piano en casa de mis padres. “El lunes es el último día para inscribirse”, me dijo. Hacía escasamente un año que me había graduado y el multiempleo era el rasgo laboral que a mí como a buena parte de la sociedad uruguaya nos caracterizaba. En mi caso en ocupaciones que tenían que ver algunas con la carrera de económicas y otras no tanto, como en la empresa familiar, además de mi actividad como músico.

Faltando unas horas para el cierre de inscripciones arribé y recuerdo haber hecho 2 preguntas: si era necesario cortarse el pelo (en ese momento lo llevaba por la mitad de la espalda) y si era obligatorio usar corbata. La respuesta fue un “no” para ambas. Ante lo cual, me inscribí.

El proceso era sencillo, antecedentes curriculares, una prueba escrita y los 5 mejores pasaban a entrevistas, para poder ocupar sólo 2 plazas como Economista.

Mi intención era más que nada satisfacer la curiosidad por participar en un proceso de ese tipo y de alguna forma también dejar mi conciencia en paz por “no haber dejado escapar” una oportunidad como ésa. La OPP era (y es) una de las oficinas técnicas más codiciadas por la cercanía  a los centros de decisión estratégica.

Recuerdo haber ido el día de la prueba escrita con muy pocas horas de sueño. Sinceramente no puedo establecer ahora la causa, pero es seguro que no fue por estudiar. De hecho no estudié, porque SABÍA que era IMPOSIBLE que avanzara a la siguiente fase. Los concursantes éramos menos de los que yo esperaba encontrar, un grupo de unas 25 personas, algunos conocidos de Facultad y la mayoría de generaciones anteriores, incluso algún profesor. Creo que fue la prueba que afronté con mayor tranquilidad, era un mero trámite a cumplir.

Transcurridas unas semanas recibo una llamada de la OPP donde me citan a una entrevista personal. Estaba entre las 5 personas preseleccionadas. Si bien mi curiosidad aumentó y cierta inquietud comenzó a asomar, continué sin comentar a nadie, incluidos mis padres, que estaba participando de ese proceso. Mejor contárselo a posteriori, como anécdota.

La entrevista fue con unas 4-5 personas de las cuales no tenía idea por supuesto a qué se dedicaban o cuál era su función pero que era claro que tenían un perfil muy diverso entre ellos y preguntaban sobre cuestiones diferentes: técnicas, personales, culturales..Una conversación que transcurrió realmente amena o al menos ese fue el espíritu que mantuve.

En ese devenir surgió el tema de mi actividad con la música, que no figuraba en mi CV. Una de las personas comenzó entonces a interesarse, preguntando alternadamente en la conversación, a veces de forma insistente, al punto que me pareció que le preocupaba el tema. Como no tenía nada que perder, decidí preguntarle frontalmente y con bastante desparpajo, si eso era motivo de preocupación, comentándole que tocaba el piano desde los cinco años y nunca había interferido negativamente en mi vida curricular. Para mi sorpresa, la persona, que luego supe que era la psicóloga del grupo, me contestó muy tranquilamente que no sólo no le preocupaba sino que le parecía algo muy positivo, dándome entonces algunas razones de por qué lo consideraba así. Quedé literalmente mudo y la entrevista, que llevaba buen tiempo desarrollándose, terminó a los pocos instantes.

El resultado es conocido, a los pocos meses estaba trabajando oficialmente como uno de los Economistas asesores en la OPP.

Varias moralejas se pueden sacar de esta experiencia. Para mí una de ellas fue incluir a partir de ese momento en el CV mi actividad artística, o mejor dicho: no ocultarla.

La otra enseñanza importante es sobre la confianza, en uno mismo y en nuestros propios recursos. Irónicamente, el pensar que no tenía posibilidades de ingresar me transmitió tranquilidad. Y esa tranquilidad hizo posible que me diera permiso para mostrarme tal cual era, que fuera “con lo puesto” a afrontar el reto, sin más, algo que habitualmente no hacemos. Nuestra preocupación por quedar bien, por hacer lo que suponemos que los demás están esperando de nosotros, por demostrar que somos los mejores, nos hace muchas veces trastabillar e impedir alcanzar el verdadero éxito. Qué importante es ser auténtico. Aunque a veces sea sin quererlo.

Y gracias Beatriz por tu llamada..

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