Alcanzar los objetivos: la fuerza de las preguntas y las emociones.

2010 ya está aquí. Es en estos últimos días, semanas o quizá meses en el caso de algunas empresas, que se plantean los objetivos para este nuevo año. Los empresarios y las personas en general, aspiramos a cumplir determinadas metas, planes, propósitos o incluso intenciones. La cuestión es: ¿Qué objetivos nos fijamos? ¿Cómo los definimos?

Para el primer interrogante, es necesario clarificar el objetivo y para ello la formulación de preguntas es una herramienta muy recomendable. No cualquier pregunta, sino la adecuada. Intentaremos evitar uno de los males de nuestra cultura occidental, que es el planteo de los “por qué” que intentan explicar, justificar o interpretar las situaciones en una perspectiva lineal de causa-efecto. Lo importante es el “para qué” o simplemente el “qué”. Esta formulación de la pregunta, es la realmente potente que nos abre caminos y alternativas: “para qué” establecemos un objetivo o tomamos una determinada decisión. No olvidemos que la construcción de la Europa actual comenzó con una simple –pero potente- pregunta planteada por Jean Monnet, quien había sufrido las dos Guerras Mundiales: “¿Qué podemos hacer para que Alemania y Francia no entren en guerra nunca más?” La fuerza de una pregunta bien planteada es la base de la elección de un objetivo adecuado.

En relación al “cómo”, un criterio académico nos dice que un objetivo bien planteado debe cumplir las siguientes condiciones: ser específico, concreto y medible, es decir establecido sobre criterios fácticos para que se pueda evaluar. Debe formularse positivamente, o sea sobre lo que se quiere lograr y no sobre lo que “no se quiere”. Debe ser realista, es decir posible de alcanzar. Finalmente, debe ser responsabilidad de la(s) persona(s) que quiere(n) alcanzarlo.

Este planteo está muy bien, de hecho es el que formulan los consultores en general al asesorar a las empresas. Pero hay un aspecto que no es habitualmente tenido en cuenta por los expertos: las emociones que están detrás de esos objetivos. Para alcanzar un objetivo,  tenemos que ser capaces de sentirlo, de tener la carga afectiva que nos impulse y motive hacia la acción. Si no será pura ilusión. Sin emoción no hay acción. La carga emocional influirá decisivamente en el éxito o fracaso de las tareas que se emprendan. Muchos objetivos y propósitos de “Año Nuevo” no se cumplen simplemente porque no se sienten: las empresas vuelven a cometer los mismos errores, hacen “cada vez más” en vez de “cada vez mejor”, teorizan mucho pero hacen poco, etc; las personas no dejan de fumar, no pierden peso o no mejoran sus relaciones de pareja. Hay que estar preparado e involucrado emocionalmente para llevar adelante un objetivo. Como dijera Henry Ford: “Si crees que puedes o crees que no puedes, estás en lo cierto”.

¡Feliz 2010, que se cumplan todos vuestros objetivos y sueños!

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