‘Cinco años no es nada…’

Fernando Notaro Weblog_5 años no es nada

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi el sistema operativo Windows 3.1 y sobre todo lo que pensé (y dije): “ni loco voy a usar esto, me parece un rollo lo de las ventanas y los iconitos, quiero seguir usando ‘mi’ MS-DOS”.

Seguro que te suena familiar…

Pocos ejemplos deben de ser tan elocuentes como los de la informática y la tecnología acerca de cómo algo muy útil, funcional –y sobre todo conocido- es cambiado, dejando incluso en ridículo y haciendo olvidar a lo anterior.

Lo que no nos damos cuenta es que lo anterior sigue ‘estando allí’, sólo que ya lo hemos incorporado, ha sido partícipe de la raíz, forma parte de lo actual y por lo tanto está presente aunque no lo veamos ni nos acordemos.

Muchas veces me preguntan qué ha pasado con mi carrera como economista y qué ha sucedido con mi actividad musical, dónde quedaron. Ambas están y son parte de lo que soy, personal y profesionalmente. Diría más: todos los conocimientos, experiencias, empresas, escenarios y kilómetros recorridos están en cada una de mis palabras y actos. En cada aportación de valor.

Simplemente: mi aportación de valor se ha ido transformando.

Al igual que con el MS-DOS, es (¡en presente!) necesario actualizar, adecuar, mejorar esa aportación de valor a un mundo que se transforma y requiere de una evolución profunda especialmente en un aspecto: nosotros. Las personas.

En cada uno de estos cinco años como profesional independiente he aportado mi mejor valor poniendo el foco en las personas, sus interacciones, objetivos y anhelos. En definitiva, en sus propias transformaciones y las de sus empresas, individuales o colectivas.

Transformaciones que se traducen en más de 1.100 horas de coaching certificadas, 225 personas en programas de recolocación o emprendimiento, cientos de horas de formación impartida; programas de desarrollo, assessment y development centers, management audits, 360º…; para una cincuentena de empresas u organizaciones, privadas y también públicas.

Cinco años que han ido en paralelo a este Weblog: casi 100 posts publicados, 400 comentarios recibidos y unos 200 suscriptores!

Por todo ello, no puedo menos que agradecer a cada una de las personas que han generado estos logros, en cada una de las interacciones, acciones e intervenciones. Porque gracias a ellas yo también he forjado mi propia transformación, mi propio crecimiento. Profesional y personal.

Para celebrar estos cinco años, en este post quiero materializar ese agradecimiento a través de las dos formas de comunicación que prefiero ejercer: la música y la palabra.

Para la primera, dejo una grabación que hice de una de las obras más conocida -y maravillosa- de Claude Debussy, precisamente uno de los compositores más transformadores que ha habido, en ese tránsito del siglo XIX al XX tan removedor. La grabación está sin masterizar, así que sube un poco el volumen.

Esta es mi versión de Clair de LuneSuite Bergamasque_Debussy_by FNotaro

Para lo segundo, dejo como síntesis de estos cinco años de blog, una selección de cinco posts que resumen en buena medida mi intención al crearlo:

* El silencio y el callar

* El poder de ‘Va, pensiero’

* Cien/Cero

* Liderando violetas

* Benedetti 5.1

Y uno adicional, que siempre viene bien en estas fechas: Y por siempre vivirán

Espero que ambos obsequios te gusten y te inspiren.

Mi anhelo es que el 2015 siga siendo un año de transformación. Para todos. Para bien.

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¿Qué ves cuando te ves?

espejos cóncavos_fernandonotaro.com

Situación 1. Catorce chicos y chicas de entre 17 y 19 años de edad, que ante la petición de mencionar tres aspectos o características positivas suyas se quedan en blanco, mirándose con cara de extrañeza, sonriendo nerviosamente: “Fernando, características malas podemos mencionar las que quieras, buenas no sabríamos decirte…”.

Situación 2. Más de doscientas personas acompañadas en programas para el alcance de su objetivo profesional, que ante la pregunta “¿en qué eres bueno?” responden y reaccionan casi en su totalidad de la misma forma: risa nerviosa, mirada perdida como buscando la respuesta y una frase que podría sintetizarse en “ése es mi problema, no sé muy bien en qué soy bueno, me cuesta venderme”.

Situación 3. Decenas de Comandantes y Copilotos de aviación con experiencia marcadamente superior a la media de compañías aéreas –reflejada en años y miles de horas de vuelo-, que ante la pregunta de por qué no incluir en su presentación y bienvenida al pasaje dicha característica como elemento diferencial, reaccionan con un espectro de respuesta que va desde la sorpresa hasta la indignación: “nunca se me había ocurrido…” / “a quién le interesa…” / “cómo voy a hablar de mi mismo…” / “eso sería prepotente…”.

¿Adivinas cuál es el factor común que engloba estas situaciones reales? Seguramente uno similar al que nos afecta a casi todos a la hora de poner el foco en nosotros mismos: nos cuesta ver y nos da reparos reconocer nuestras virtudes, capacidades, talentos, logros. Y lo que es peor: si lo hacemos, nos cuesta hablar sobre ellos.

Alguien me dijo una vez que esto era consecuencia de nuestras raíces judeo-cristianas y su énfasis en el valor de la humildad. Quizá haya una parte de verdad en esta explicación, aunque para mi la humildad como importante valor debería apuntar a ‘no creerse más que’, a tener actitud de aprendiz y no de experto. En todo caso la humildad no está reñida con la aceptación y el auto-reconocimiento, los cuales están muy lejos de la vanidad.

Lo que sí está claro es que la educación que hemos recibido y seguimos en buena parte recibiendo no ayuda a reconocer nuestras fortalezas: énfasis y castigo por el error, preocupación más por no equivocarse que por aprender, foco en la eficiencia y no en la eficacia, no desarticular el sentido del ridículo, poca o nula educación en la gestión emocional, poca o nula educación competencial, aprendizaje centrado en el profesor y no en el alumno, etc.

Más allá de las múltiples causas, lo que es evidente es que la narrativa interna que nos hemos creado, ha ayudado a construir esta limitación. Y es por ello que hay una buena noticia para contraponer dichas causas con otro valor esencial y personal: la responsabilidad. Responsabilidad para con nosotros mismos.

La habilidad para responder (respons-ability) podrá dar cabida a nuestras capacidades y talentos, dejando de lado elementos como una humildad mal entendida o las circunstancias de nuestra educación y sociedad y empezando a dar respuesta a través de nuestra motivación, nuestro propio reconocimiento y sobre todo a través del compromiso para con nosotros mismos. Para con nuestro futuro, nuestra plenitud y por qué no, con nuestro propósito de vida.

Porque más que en las causas de esta limitación deberíamos poner el foco en las consecuencias que acarrea, sobre todo si hemos sido condicionados para sentir vergüenza o pudor al reconocer y hablar sobre nuestras virtudes. La vergüenza es una emoción devastadora y mucho más negativa que la culpa. La culpa es un sentimiento por lo que hacemos, mientras que la vergüenza la experimentamos por lo que somos.

Podremos negar consciente o inconscientemente quiénes somos, pero lo cierto es que el impacto nunca será positivo. No honrar nuestras capacidades pasa factura. Más tarde o más temprano.

Es como si no quisiéramos mirarnos al espejo o aún peor: como si lo hiciéramos en forma distorsionada como en los espejos cóncavos y convexos que encontramos en las ferias –y lo diéramos por válido-.

Atrevámonos a mirarnos al espejo de nuestros talentos, capacidades y virtudes. Reconozcámoslos. Y si nos cuesta… acerquémonos un poquito más.

¿Los ves?

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¿Vocación u ocasión?

vocación_ocasion_fernandonotaro.com

Cuando llevaba ya dos años de carrera en Económicas, tomé la decisión de ingresar en el Conservatorio Universitario para estudiar Composición (una carrera de 5 años), sin abandonar la que ya estaba cursando. Si bien mis estudios formales de piano los había comenzado de niño y me había dedicado siempre en paralelo a la música, esta decisión representaba un paso significativo y a priori un riesgo importante de querer ‘abarcar mucho y apretar poco’.

En mi casa, la decisión aunque fue respetada, no gustó demasiado. Hasta ese momento, mi performance en esos dos años en la Facultad de Ciencias Económicas había sido bastante irregular, con pocas asignaturas aprobadas y exámenes rendidos sin éxito. Por lo que al diversificar (y aumentar) el esfuerzo, en términos de probabilidad había una muy buena chance de abandonar la carrera actual o bien de no concluir ninguna.

Lo que sucedió a partir del siguiente año, sin embargo, fue radicalmente diferente e inesperado. No solo me fue bien en el Conservatorio, algo que podía haberse previsto, sino que en Económicas no volví a suspender ni una sola asignatura hasta que me gradué, unos tres años después.

Varias explicaciones podrían establecerse, seguramente. La que puedo dar en primera persona es muy sencilla y a la vez sugestiva: el ‘motor’ que impulsaba la nueva carrera universitaria tenía tanta fuerza como para propulsar no solo a la misma, sino también en forma importante a la anterior. La fuerza de una vocación satisfecha.

El término ‘vocación’ proviene del latín vocatio, que representa la acción de llamar. Algo muy elocuente en los seres humanos: ¿a qué estamos llamados? ¿Desde dónde proviene ese llamado? ¿Hacia dónde quiero dirigirme? ¿Qué camino elegir?

La vocación es la que supuestamente guía nuestros pasos y está inspirada en lo que nos gusta, nos interesa y tenemos aptitudes. Algo que debería ocurrir sobre todo en la etapa de juventud para encaminarnos hacia esa profesión o actividad que la satisface.

Sin embargo las decisiones de carrera están orientadas muchas menos veces de las deseadas, por el faro de la vocación. En general lo están por el sino de la ocasión.

Ocasión que viene representada por la continuación de un oficio o una empresa familiar, por la oportunidad de mercado que promete alguna profesión que esté siendo demandada en un determinado momento o simplemente por las olas del mar de las circunstancias que nos conducen y llevan a un destino no previsto. En todo caso, una ocasión que suplanta a la vocación.

El problema es que esa usurpación no es gratuita. Pasa una factura importante a lo largo de los años. Tal como lo planteara Maslow en su famosa pirámide, las personas vamos encaminándonos inexorablemente hacia la necesidad de autorrealización a medida que cubrimos los primeros estratos.

Ese nivel más alto, según el propio Maslow se alcanza cuando las personas estamos en un estado de “armonía y entendimiento”, dicho de otra forma: cuando vivimos en plenitud. Y la plenitud se corresponderá, por supuesto, con ser y hacer lo que uno quiere, ni más ni menos.

Es interesante constatar que hay determinadas creencias sobre la vocación que han perjudicado el desarrollo de talentos, esto es, han frenado o impedido el impulso a esas capacidades innatas que todos tenemos.

Pensar que la vocación es única, que las personas somos monovocacionales; creer que la vocación se manifiesta solo en edades tempranas y que si no lo hizo, ya no hay espacio u oportunidad de desplegarla de adultos; sostener una supuesta vocación o una profesión que no nos satisface sin darnos permiso para reelegir y crear un nuevo camino, son algunos de los ‘dogmas’ y juicios que en algún momento nos hemos topado.

Afortunadamente, las creencias pueden cambiar de signo.

Felizmente, la fuerza de la vocación es inagotable: aunque haya mucho ruido y distorsión, su voz se hace oír. Es sólo cuestión de hacer un poco de silencio, respirar hondo, escuchar(nos) y caminar hacia ella.


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