¿Qué ves cuando te ves?

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Situación 1. Catorce chicos y chicas de entre 17 y 19 años de edad, que ante la petición de mencionar tres aspectos o características positivas suyas se quedan en blanco, mirándose con cara de extrañeza, sonriendo nerviosamente: “Fernando, características malas podemos mencionar las que quieras, buenas no sabríamos decirte…”.

Situación 2. Más de doscientas personas acompañadas en programas para el alcance de su objetivo profesional, que ante la pregunta “¿en qué eres bueno?” responden y reaccionan casi en su totalidad de la misma forma: risa nerviosa, mirada perdida como buscando la respuesta y una frase que podría sintetizarse en “ése es mi problema, no sé muy bien en qué soy bueno, me cuesta venderme”.

Situación 3. Decenas de Comandantes y Copilotos de aviación con experiencia marcadamente superior a la media de compañías aéreas –reflejada en años y miles de horas de vuelo-, que ante la pregunta de por qué no incluir en su presentación y bienvenida al pasaje dicha característica como elemento diferencial, reaccionan con un espectro de respuesta que va desde la sorpresa hasta la indignación: “nunca se me había ocurrido…” / “a quién le interesa…” / “cómo voy a hablar de mi mismo…” / “eso sería prepotente…”.

¿Adivinas cuál es el factor común que engloba estas situaciones reales? Seguramente uno similar al que nos afecta a casi todos a la hora de poner el foco en nosotros mismos: nos cuesta ver y nos da reparos reconocer nuestras virtudes, capacidades, talentos, logros. Y lo que es peor: si lo hacemos, nos cuesta hablar sobre ellos.

Alguien me dijo una vez que esto era consecuencia de nuestras raíces judeo-cristianas y su énfasis en el valor de la humildad. Quizá haya una parte de verdad en esta explicación, aunque para mi la humildad como importante valor debería apuntar a ‘no creerse más que’, a tener actitud de aprendiz y no de experto. En todo caso la humildad no está reñida con la aceptación y el auto-reconocimiento, los cuales están muy lejos de la vanidad.

Lo que sí está claro es que la educación que hemos recibido y seguimos en buena parte recibiendo no ayuda a reconocer nuestras fortalezas: énfasis y castigo por el error, preocupación más por no equivocarse que por aprender, foco en la eficiencia y no en la eficacia, no desarticular el sentido del ridículo, poca o nula educación en la gestión emocional, poca o nula educación competencial, aprendizaje centrado en el profesor y no en el alumno, etc.

Más allá de las múltiples causas, lo que es evidente es que la narrativa interna que nos hemos creado, ha ayudado a construir esta limitación. Y es por ello que hay una buena noticia para contraponer dichas causas con otro valor esencial y personal: la responsabilidad. Responsabilidad para con nosotros mismos.

La habilidad para responder (respons-ability) podrá dar cabida a nuestras capacidades y talentos, dejando de lado elementos como una humildad mal entendida o las circunstancias de nuestra educación y sociedad y empezando a dar respuesta a través de nuestra motivación, nuestro propio reconocimiento y sobre todo a través del compromiso para con nosotros mismos. Para con nuestro futuro, nuestra plenitud y por qué no, con nuestro propósito de vida.

Porque más que en las causas de esta limitación deberíamos poner el foco en las consecuencias que acarrea, sobre todo si hemos sido condicionados para sentir vergüenza o pudor al reconocer y hablar sobre nuestras virtudes. La vergüenza es una emoción devastadora y mucho más negativa que la culpa. La culpa es un sentimiento por lo que hacemos, mientras que la vergüenza la experimentamos por lo que somos.

Podremos negar consciente o inconscientemente quiénes somos, pero lo cierto es que el impacto nunca será positivo. No honrar nuestras capacidades pasa factura. Más tarde o más temprano.

Es como si no quisiéramos mirarnos al espejo o aún peor: como si lo hiciéramos en forma distorsionada como en los espejos cóncavos y convexos que encontramos en las ferias –y lo diéramos por válido-.

Atrevámonos a mirarnos al espejo de nuestros talentos, capacidades y virtudes. Reconozcámoslos. Y si nos cuesta… acerquémonos un poquito más.

¿Los ves?

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9 Responses to “¿Qué ves cuando te ves?”

  1. Graciela dice:

    Fernando,
    “hemos sido condicionados para sentir vergüenza o pudor al reconocer y hablar sobre nuestras virtudes”. Si ademas vemos en la prensa todo lo que como uno “debe ser”, eso crea inseguridad brutal, o lo podemos llamar verguenza de ser diferente. A cierta edad debe prenderse en nuestro cerebro la opcion de “soy como soy y eso me hace lo que soy con orgullo”. Un orgullo normal, ese de que no te preocupas de si tenes un lunar en la cara, que ciertas modelos tienen y es re chic…claro son modelos. Me voy por las ramas? Es lo que hemos mamado de chicos, es haber recibido elogios o criticas destructivas. Es autoestima o la falta de ella . El grado que nos aceptamos tiene un efecto en nuestros logros (y fracasos). Tu ultima frase es la que debemos recordar.
    Gracias Fernando.

    • Gracias a ti Graciela!

      Y no, no te “vas por las ramas” 🙂 El ‘orgullo’ es otro de los conceptos bastante distorsionados que nos pone barreras para algo tan importante como la autoestima y el poder disfrutar de las capacidades y talentos que podemos tener.

      Un saludo!

  2. Jaume dice:

    Estupenda reflexión Fernando. Quizá se me queda corto sobre cuáles serían las consecuencias de no poner el foco en nuestras capacidades, pero no puedo estar más de acuerdo contigo. La educación (y sobre todo la de casa) nos ha llevado a ser así.

    • Gràcies Jaume,

      Para cada una de esas situaciones se derivan consecuencias bastante directas -y negativas-. En el primer caso están asociadas a la vocación de esos chicos y a su falta de motivación para hacer una elección sobre su futuro, sobre dónde radican sus talentos y capacidades. En el segundo caso lo veo a diario en los programas de outplacement: esa falta de auto-reconocimiento intensifica aún más el duelo que traen las personas por su situación profesional y las dudas sobre sus posibilidades futuras. En el tercer caso, fomentar una interpretación errónea de lo que es la humildad y ‘parapetarse’ detrás de una falsa modestia que hace que no se ponga en valor una de las características profesionales más sobresalientes que tienen esos pilotos.

      Mil gracias, un abrazo!

  3. Santiago dice:

    Si “alguien” dijo que esto es consecuencia de las enseñanzas de la civilización judeo – cristiana sin duda no entendió el mensaje de Cristo en su totalidad.
    ¿Cual es el principal mandamiento?
    “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a TÍ MISMO”.
    Este mandato directo nos obliga primero a mirar nuestro interior, nuestros talentos, nuestras capacidades y desde allí amar a nuestro prójimo. No puedo valorar al otro si primero no me valoro yo.
    La humildad es otra cosa, viene de humus, tierra, significa abajarse, inclinarse, dejar nuestro orgullo pero solo ante Dios.

    • Gracias Santiago por tu aporte.
      Efectivamente, coincidimos en que el sentido de la humildad no es en general bien interpretado. Una excelente manera de practicar la humildad es aceptar otro punto de vista, otra opinión, agradeciéndolo como una colaboración que nos prestan para mejorar. La humildad también se ve a veces como debilidad y por el contrario puede generar aún más fuerza: humildad, serenidad y firmeza pueden ir de la mano a la hora de tomar decisiones por ejemplo.

      Gracias, un abrazo!

      F.

  4. Elisa dice:

    Hola profe, coincido contigo en la dificultadad para ver nuestras virtudes, y tengo la creencia que si nos han dado un mal concepto de lo que es la humildad ,en lo personal las veo y las disfruto, y por sobretoda las cosas, mis virtudes las reconozco como regalos que me ha dado Dios, para dar, para que se reproduzcan, y colaboren para que donde actue la armonìa y el respeto en la convivencia, beso grande

  5. José dice:

    Qué bueno es leer, cuanto se aprende o recuerda! Coincido en gran parte en tu post en cuanto al sentimiento de culpabilidad. Algo en lo que incido mucho con amig@s y que siempre achaco a su formación católica.
    Pero claro leyéndote me di cuenta de que ya había olvidado o cambiado el concepto de responsable por el de culpable.
    Espero no estar volviéndome “católico” yo también.

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