¿Sambenito o código QR?

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Una de las cosas más interesantes que aprendí en los ocho años que trabajé en el Edificio Libertad, sede entonces de la Presidencia de Gobierno en Uruguay, tiene que ver con los prejuicios. Cada vez que me dejaba las gafas de sol puestas al entrar en el edificio, el personal de seguridad inevitablemente me paraba y me preguntaba a dónde iba. Las mismas personas que me veían entrar todos los días y que si tenía las gafas normales no me decían absolutamente nada o me saludaban amablemente. Llegué incluso, como buen economista, a realizar experimentos para establecer la (alta) correlación entre las gafas oscuras y la reacción del personal de seguridad.

Tenemos claro que un prejuicio es una opinión previa acerca de algo, en forma generalmente infundada, de manera anticipada y sin verificar su veracidad. Esto es, el prejuicio es una evaluación preconcebida. Una etiqueta que ponemos a algo o alguien.

Cuando hablamos de prejuicios, en general pensamos en aquellos que conllevan aspectos negativos, relacionados con la discriminación y las ideas más desfavorables acerca de lo prejuzgado. Pero también existen otros juicios-previos que generan expectativas positivas, como que las personas mayores son más educadas y amables, que los que llevan gafas son más intelectuales o que las mujeres son más dulces y cariñosas, por ejemplo.

Los prejuicios tienen una función, la de categorizar y simplificar para poder entender y manejar el mundo que nos rodea de forma más ágil y que nos permita tomar decisiones rápidas y concretas. Según los expertos, se trataría de una ventaja evolutiva: en determinadas situaciones donde se puede correr cierto riesgo o peligro los prejuicios nos protegerían de los mismos mediante un mecanismo de anticipación y una rápida respuesta sin necesidad de un proceso de razonamiento.

Algo que queda claro pensando en los agentes de seguridad.

En términos de hábitos, los seres humanos somos los campeones en etiquetar, nos encanta y nos sentimos muy cómodos al hacerlo. Nos facilita para la emisión de juicios en la vida cotidiana: miro la etiqueta y clasifico. Es como pasar un lector de código de barras, tal cual lo hacen en las cajas de los supermercados. No hay que mirar al producto ni pensar.

En España existe una expresión que refleja exactamente esa situación, cuando a alguien se le ha etiquetado de cierta manera: “colgarle el sambenito”, haciendo alusión a una indumentaria, el sambenito, que llevaban los condenados por la Inquisición en la Edad Media y que estaban obligados a llevar puesto como auto de fe, durante su condena y en el momento de la ejecución.

La expresión no puede ser más elocuente: cuando a alguien se le ha colgado el sambenito, haga lo que haga, diga lo que diga, ya tenemos emitido un juicio previo. Ya le hemos pasado el escáner del código de barras por su etiqueta.

Esto sucede frecuentemente en los grupos sociales, en las empresas, en las familias: “tenemos clasificados” –queramos o no- a la mayoría de ellas, es algo que nuestro cerebro hace de forma automática y aparentemente conveniente. Un mecanismo que en realidad nos limita y nos sesga, a veces de forma muy dañina, no sólo para la persona que tiene la etiqueta, si no para todo el sistema, afectando las relaciones y sobre todo perdiendo oportunidades.

Paralelamente, las personas ‘etiquetadas’, tienen buena chance de convertirse en lo que su etiqueta indique, lo que habitualmente se denomina efecto Pigmalión, algo especialmente perjudicial en el caso de prejuicios negativos.

El antídoto será, en primer lugar y como siempre, tomar consciencia de ello. Si nos damos cuenta de las ‘etiquetas’ que hemos puesto a las personas con las que interactuamos, ya significará un avance. Desvelarlas y observarnos a nosotros mismos en relación a esas etiquetas, cómo afecta a las respuestas que damos, a las reacciones que tenemos y a las decisiones que tomamos respecto a esa persona o grupo de personas.

En segundo término, será conveniente también reflexionar acerca de cómo surgió esa etiqueta, su historia. Cuándo y por qué la puse. ¿La puse yo o fueron otros y la asumí como válida? ¿Es válida? ¿Siempre?

Adicionalmente, ser curioso y encontrar ‘pruebas’ que puedan poner en duda mis prejuicios, hacer pequeños tests que ayuden a buscar evidencias que los cuestionen y así dar oportunidad de despegar esa etiqueta. Esto es especialmente importante porque sólo con la toma de consciencia o incluso con la voluntad de cambiar no alcanzará.

En todo caso, y siguiendo con la metáfora, si en vez de un código de barras, lo que leyéramos fuese un código QR (los cuadrados con puntitos), nos llevaría a obtener información adicional, detalles y aspectos más ricos y complementarios acerca de lo etiquetado. Algo que nos ayudará a hacernos una idea más cabal y no simplista, generalizada o exagerada sobre lo prejuzgado.

Al igual que lo ha hecho la tecnología, es necesario actualizar nuestras aplicaciones mentales.

“Descárgate una nueva app y accede a códigos QR”. Te sorprenderás de toda la info que obtendrás.

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