El encuentro

vitruvio

El ser humano como animal es una pena: tenemos un olfato y una vista limitados, nacemos absolutamente desvalidos e indefensos y necesitamos cuidados y acompañamiento durante mucho tiempo hasta podernos valer por nosotros mismos.

Compartimos sin embargo con los animales no-humanos una dimensión biológica en la cual predomina el instinto de supervivencia y el del placer, la trampa de la naturaleza para asegurarse el mantenimiento de la especie.

No obstante y en contraposición a los animales hay algo que nos distingue: nuestra potencialidad de desarrollo. Y para ello es imprescindible la participación, el encuentro con otros seres humanos.

Es necesario no sólo que haya otras personas que nos cuiden y alimenten, si no que nos proporcionen un espacio en el que podamos ir desplegando todas nuestras potencialidades y desarrollarnos como personas a medida que crecemos.

Nuestro desarrollo personal –y nuestra propia existencia- se da en base al encuentro, a relaciones de encuentro. Todo lo que somos, lo es desde la posibilidad de encuentro. Ontológicamente, en el ser humano el ‘ser con’ es consustancial, se necesita al otro. La relación forma parte de la naturaleza humana.

El Hombre de Vitruvio de Da Vinci no está solo. Son al menos tres: proviene de un padre y una madre, más todos los que hayan intervenido en su desarrollo.

El encuentro es el que permite incluso hallar sentido e identidad, filosóficamente hablando no hay un yo sin un tú. Solo puedo descubrir quién soy (yo), desplegar mi identidad, a través del otro (tú). Soy padre porque hay hijo, soy alumno porque hay escuela, soy ciudadano porque hay ciudad, soy terrícola porque hay Tierra.

Las relaciones de encuentro no sólo con personas, si no con la propia realidad son las que nos permiten crecer. Cuando la realidad nos interpela, a través de las circunstancias, los acontecimientos o los hechos, dependiendo de cómo nos abramos y salgamos al encuentro de dicha realidad, pondremos en juego –o no- nuestras capacidades y habilidades y por ende el despliegue de nuestro potencial.

Lo grandioso del encuentro es que permite que suceda, que se genere un espacio nuevo, diferente y enriquecedor, que trasciende y supera a las partes que se encuentran. Algo que es invisible pero está presente. Si sacamos una foto a una pareja o a un equipo, sólo vemos a personas, aunque allí hay mucho más, está todo lo que envuelve a esa relación y todo lo que son capaces de lograr, desde una familia y la vida de todos sus descendientes en el caso de la pareja hasta los proyectos, productos, logros e incluso el impacto en la sociedad de ese equipo.

En este punto, será conveniente reflexionar sobre dos aspectos.

En primer lugar, cómo vivimos esas relaciones de encuentro, o mejor dicho, desde dónde. Si desde el utilitarismo y la lógica egoísta o desde el crecimiento mutuo y no interesado.

Como ya mencionara en un post anterior, existen “Givers”, “Takers” y “Matchers”, en función del estilo o tendencia que tenemos las personas en relación a la reciprocidad al momento de interactuar, ya sea con otras personas, instituciones o con la vida en general.

La visión utilitarista, de la eficiencia racional, ha predominado a lo largo de la historia y si bien ha contribuido en buena medida a un avance material, ha dejado de ser funcional. La lógica racional nos dice que si divido una tarta pierdo. No toma en cuenta que igual me interesa compartir, que me gusta y disfruto al hacerlo. O que la otra persona al recibir estará motivada a hacer otra tarta y compartirla. Hay también un beneficio no tangible al dar, sin necesidad de pensar en recibir. Ambas lógicas pueden ser ciertas. Y se pueden integrar.

La lógica racional y utilitarista del encuentro puede ser suficiente para determinadas realidades pero insuficiente para la realidad humana. No se trata de enfrentar, si no de integrar.

En segundo término, así como hay encuentro, hay desencuentro. Forma parte también de nuestra existencia y los vivimos a lo largo de nuestra vida. Su carácter es esencialmente destructivo, anulador, limitador y genera un ‘efecto aspirador’ sobre las partes que lo viven, quitando energía, vitalidad y ganas. Desgastando.

En el desencuentro están presentes los contra-valores del encuentro: la desconfianza, la voluntad de dominio, la manipulación, la indiferencia, la falta de respeto, la mentira,…

El desencuentro no proporciona más que heridas, fracturas, fricción y aunque pueda pensarse que el desencuentro es necesario para generar un nuevo encuentro, será la peor manera de hacerlo. Es necesario emplear otra lógica: precisamente, la del encuentro.

Esto cobra mucho sentido en el contexto actual.

Por una parte estamos asistiendo en directo, a la España del desencuentro. A su vez, presenciamos en tiempo real, las oleadas migratorias que buscan un nuevo encuentro.

Como personas, como ciudadanos, como sociedad, ¿qué hacemos? ¿miramos para otro lado? ¿decimos que es un tema de los políticos? ¿cómo asumimos nuestra responsabilidad, esto es, cómo aplicamos nuestra habilidad de responder?

La realidad nos interpela. ¿Cómo sales a su encuentro?

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