Botones rojos, botones verdes

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Mi primer trabajo remunerado fue a los 19 años, dando clases de piano en mi casa. Uno de mis alumnos iniciales fue una chica que comenzó las clases estando embarazada de unos pocos meses, continuando las mismas durante todo el proceso de gestación. Cuando faltaba poco para su fecha probable de parto faltó a clase sin aviso. Pasaron los días y no estaba seguro de llamarle o esperar su llamada. ¿Habría dado a luz? ¿Habría salido todo bien? Finalmente decidí llamar. Cuando me atendió y con todas esas dudas en mi cabeza sólo alcancé a balbucear: “¿Y..?” Tras un pequeño silencio vino la contundente respuesta: “¿Y? Y que tuve a mi hijo. Y que no te pude avisar. Y que tenía que haberte avisado pero no pude. Y que mi hijo es para mi ahora la prioridad. Y que lo siento si no te avisé. Adiós.” Botón detonador rojo.

Casi con el doble de esa edad dirigía un departamento de unas 18 personas y en época de recorte de gastos, tras una auditoría de las llamadas telefónicas salientes, una de las personas a mi cargo sobresalía en forma grave, ya que triplicaba en tiempo la media de la empresa y para su tarea no requería hablar con nadie externo a la misma. La persona no sólo era una de las de mayor antigüedad en la compañía, sino que poseía una importante influencia sobre el resto del equipo, en buena parte por su fuerte carácter.

Pensé durante varios días en cómo afrontar esa conversación, sin haber encontrado las palabras que me convencieran como más adecuadas, efectivas y sobre todo sin consecuencias negativas.

Finalmente y ya sin más tiempo para aplazar el encuentro, la llamé a mi despacho. Mi cara reflejaría el nivel de preocupación puesto que en seguida me preguntó “¿qué pasa?” y mientras le alcanzaba el informe comparativo de las llamadas simplemente atiné a decir: “tengo un problema y necesito que me ayudes”. En silencio lo leyó durante unos instantes y me dijo: “no te preocupes Fernando, te voy a ayudar”, a lo que dimos por terminada esa muy breve –y efectiva- reunión. Botón detonador verde.

Las palabras no se las lleva el viento. Las palabras generan realidades.

Una única palabra de una sola letra, ineptamente aplicada, puede desencadenar un malentendido y una reacción tan adversa como la del primer ejemplo. Unas pocas palabras, fortuitamente pronunciadas, pueden accionar las palancas adecuadas para mover las buenas intenciones, sin necesidad de mayores aclaraciones o reprimendas, como en el segundo.

En las palabras hay una energía que convoca. Podemos crear momentos mágicos o momentos trágicos. Podemos pulsar el botón verde o el rojo. En una misma situación y con los mismos interlocutores.

La grandeza del lenguaje, y su aplicación, son los que llevaron a disciplinas como la Ontología del Lenguaje a reconocer el papel central que le cabe en la formación de nuestra vida, de nuestra identidad y de la realidad en la que nos desenvolvemos.

No sólo se trata del lenguaje que utilizamos al verbalizar con un interlocutor, sino también el que utilizamos con nosotros mismos, en nuestras propias narrativas internas. Lo que nos decimos también ha generado lo que somos.

En otras palabras, los juicios que hacemos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo generan y condicionan futuros diferentes, esto es: el lenguaje nos permite otorgarle dirección y sentido a la vida. Nada menos.

La potencia del lenguaje trasciende la dimensión individual y se percibe particularmente en las organizaciones y las empresas: las prácticas lingüísticas están inmersas en lo que llamamos la ‘cultura de empresa’, que conlleva no sólo la forma en que la gente se comunica e interactúa, si no y sobre todo a cómo se gestionan las personas, los equipos y los conflictos. En otros términos, también allí se detonarán (más) botones verdes o rojos, lo que se traducirá en algo muy tangible: la productividad que se genere.

Conversaciones generativas, potenciadoras, creativas, versus conversaciones destructivas, limitadoras, reactivas.

La buena noticia es que podemos elegir. A través del grado de consciencia que tengamos, el que determinará la actitud (y el lenguaje) que adoptemos. Cuanto más conscientes, más libres para elegir la actitud y las palabras a emplear. Lo que decimos y lo que callamos.

Por ello, antes de hablar piensa: ¿botón rojo o botón verde?

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