La realidad no existe. ¿Y entonces?

grundig_abuela pituta

No, no hablaré de física cuántica. Hablaré de mi abuela Pituta, quien era violinista profesional y que siendo ya septuagenaria estudiaba varias horas al día grabando lo que tocaba en un grabador Grundig de cinta en reel (*), tecnología punta de la época. Grabaciones que sólo ella escuchaba. Para mi, en ese entonces me resultaba algo al menos curioso y no muy comprensible: ¿para qué quería escucharse a si misma?

La respuesta rápida sería para poder perfeccionar su ejecución, para aprender, para mejorar. La respuesta un poco más sofisticada: para intentar captar una parte de la realidad que ella no era capaz de percibir.

La percepción, tal como la define la ciencia es la capacidad de recibir, a través de los sentidos, las impresiones y estímulos externos para poder comprender, conocer una realidad. Mediante la percepción aquello que es captado por los sentidos adquiere un significado y es clasificado en el cerebro, esto es, la información es interpretada y se logra establecer un juicio.

Lo que pretendía la Abuela Pituta era poder ‘tomar distancia’ de lo que ella percibía en el momento de la ejecución en tiempo real, a través de lo que efectivamente había tocado y estaba plasmado en la cinta, para así elaborar un mejor juicio. En definitiva, lo que quería era ser (un poco) más objetiva.

Intuitivamente, todos sabemos que lo que percibimos es individual y subjetivo: las impresiones que recibimos del exterior -y de nosotros- se filtran tanto consciente como inconscientemente. Por la propias limitaciones de nuestros órganos sensoriales, por la  información que selecciona nuestro cerebro, por la capacidad de concentración y atención que tengamos, por los filtros determinados por nuestros aprendizajes, vivencias, convicciones, sentimientos y en especial por nuestras expectativas. Lo que esperamos percibir también afecta y condiciona nuestro juicio.

No es necesario hacer grandes experimentos para comprobar que ante un mismo hecho o fenómeno diferentes personas perciben cuestiones absolutamente antagonistas. Una misma ‘realidad’ es interpretada de forma muy diferente. En aspectos más triviales como al ver una película, probar una comida o ver un partido de fútbol o en cuestiones que involucran principios religiosos, ideológicos o culturales. Comer jamón de cerdo de bellota puede ser una delicia gastronómica o un pecado. El comunismo puede ser un fracaso o un ideal a alcanzar. Ir a la playa en verano puede representar para unos las vacaciones soñadas o una tortura a soportar, para otros.

Podríamos decir que la realidad, por tanto, no existe. Existe una realidad para cada percepción, en definitiva, para cada persona.

Esto no debiera ser sorprendente porque de alguna forma, ya todos lo hemos experimentado y lo seguiremos viviendo. La cuestión importante en todo caso es ¿qué hacemos con ello? ¿de qué manera utilizamos la comprensión de que todos llevamos ‘gafas’ diferentes para ver la realidad? ¿cómo solventamos ese gap inherente a la condición humana?

La mala noticia es que la tendencia habitual es a ignorarlo, es decir, la mayoría de las veces actuamos como si la diferencia de percepción no existiera: “todos deberíamos percibir lo mismo y el que no lo percibe, se equivoca, no tiene razón o simplemente está descalificado”.

Actuamos en general como si tuviéramos un semáforo en la cabeza, que constantemente está encendiendo luces verdes o rojas en función de si lo que se evalúa es verdad o no, si se está de acuerdo o no, si gusta o no gusta. Categorizamos. Mientras lees este post (y mientras lo escribo), es ese mismo mecanismo el que está operando. (**)

Consideramos que lo que percibimos es ‘la verdad’ y al final, es sólo un punto de vista, una interpretación.

La buena noticia es que contamos con elementos y capacidades para acercar esas diferentes realidades percibidas. El principal de ellos es el mismo que empleaba mi abuela: la escucha. O mejor dicho, la forma de escuchar. Escuchar para comprender y aprender, escuchar para tomar consciencia, escuchar “para” (alcanzar algo) y no “por” (tener que procesar o responder). Escuchar, que no oír.

Un segundo elemento es el asombro, la curiosidad. Es la capacidad para dejarse admirar por otras realidades, para desvelarlas, para no dar nada por sentado, para dejarse interpelar por una nueva realidad, para buscar y en definitiva dar lugar a algo que supimos hacer muy bien de niños: preguntar. Hacer(nos) más preguntas y menos afirmaciones.

Un tercer ingrediente, fundamental: el respeto. Respeto que implica reconocer una realidad diferente, con cualidades, valores y criterios. Respeto que conlleva una no imposición ni reducción, manipulación o control. Respeto que también requiere determinar la distancia adecuada: estableciendo una cercanía que permita la generación de encuentro, de coordinación, de construcción.

Finalmente –aunque la lista no es exhaustiva- una actitud: la humildad. Entendida como el reconocimiento de las propias limitaciones, debilidades y carencias que todos tenemos. La no posesión de la verdad como única. Humildad que lleva a tener una actitud de aprendiz y no de experto.

Lo interesante, es que al final todos contamos y podemos hacer uso de estas herramientas como si de nuestro grabador Grundig se tratara. Podemos tomar consciencia de que mi realidad es sólo una realidad.

Sin ir más lejos, la propia diferencia de percepciones se puede ver como una limitación o como una gran potencialidad del ser humano que enriquece su existencia. ¿Cuál es tu percepción?

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Pituta con su violín. Sesión para el disco 'Pianista de Barrio'.

Pituta con su violín. Sesión para el disco 'Pianista de Barrio'.

(*) Se trataba del modelo TK 14, fabricado en la década del 60 y que mi abuela había comprado en Europa en 1970. Ya en los últimos años utilizó otra ‘tecnología punta’: un grabador Philips a cassette. Pituta estudió hasta el último día de su vida consciente, con 78 años.

(**) Las investigaciones más recientes explican esta tendencia al descubrir que el área del cerebro que toma la decisión (reptiliana, las más primitiva) se activa antes que la parte que reflexiona y procesa (el neocórtex, la más evolucionada). En otras palabras, primero juzgamos impulsivamente y luego nos encargamos de justificarlo o encontrar argumentos.

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