El perfume del 2014

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Una de las ‘máximas’ de los exámenes de piano, en la cual las profesoras insistían machaconamente antes de subirte al escenario era: “si te equivocas sigue, no pares ni pongas cara de tragedia y continúa como si nada”. Lo importante no era no equivocarte –algo inevitable-, sino no acusarlo.

Está claro que el lenguaje no verbal (LNV) es uno de los factores que más influye en la comunicación y el transmitir seguridad, “aquí no pasó nada”, es algo primordial a la hora de un posible fallo que muchas veces el público ni siquiera percibe.

Esto es muy evidente en los aviones cuando se produce una turbulencia, ¿a quién va dirigida nuestra atención, a quién miramos? Sin duda, a la tripulación: si las azafatas siguen sirviendo la comida como si nada o vendiendo alegremente los productos del free-shop, entonces nuestra posible preocupación se habrá disipado. Muy diferente será si les vemos poner cara de angustia o cruzar miradas de desesperación, ni qué decir si saliesen corriendo hacia sus asientos.

Nuestro juicio se verá claramente modificado en una décima de segundo, en una u otra dirección.

Las azafatas, así como los artistas arriba de un escenario están (o deberían estarlo) entrenados para modificar su lenguaje no verbal instintivo y poder influenciar positivamente en el juicio de las personas que tienen delante o a su alrededor.

Es por ello que se pone mucho énfasis tanto en los cursos de comunicación, como en la preparación de las personas para las entrevistas de trabajo, reuniones o presentaciones, en prestar mucha atención al LNV que se expresa. El LNV determina en buena medida lo que piensan y sienten los demás sobre nosotros (y sobre lo que está pasando).

Lo que ahora sabemos en forma demostrada(*), es que el lenguaje no verbal determina además nuestra propia actitud, es decir influye sobre nosotros mismos. Ya no estamos hablado de cómo el LNV refleja lo que sentimos en un determinado momento, sino que el LNV que adoptemos (en forma forzada o aprendida) modificará lo que pensamos y sentimos sobre nosotros mismos.

En definitiva, nuestra mente influencia en nuestro cuerpo (generando un determinado LNV) y, en forma inversa, propiciando un determinado LNV influimos en nuestra mente, en nuestra actitud.

Esto es sumamente importante y tiene consecuencias prácticas, especialmente en situaciones estresantes o retadoras: cuando fingimos estar contentos o tranquilos nos influye bidireccionalmente ayudándonos a estar más contentos o tranquilos, cuando fingimos ser poderosos y seguros, nos sentimos más poderosos y seguros.

Si previamente a una entrevista de trabajo u otra situación desafiante, podemos adquirir posiciones de ‘tranquilidad y poder’, nuestra actitud se verá influenciada y los resultados obviamente podrán ser diferentes. Las investigaciones demuestran que con solo un par de minutos de ejercicios posturales se logran importantes transformaciones actitudinales que luego se reflejan a la hora de enfrentar la situación.

En otras palabras: forzarnos a ‘hacer de cuenta’ hace que vayamos internalizando esos cambios, ayudan a generar determinadas actitudes o estados de ánimo.

Este no es un detalle menor. Muchas veces cuando se dice que la actitud es lo único que los seres humanos somos libres de elegir, no siempre es fácil adoptar una determinada actitud, especialmente en situaciones adversas. Por lo que si nos forzamos a adoptar la postura externa deseada, el LNV de dicha actitud, nos ayudará a incorporarla internamente. Es como si nos ‘pusiéramos’ desde fuera la actitud.

En estos días de bombardeo de anuncios de perfumes y colonias, qué mejor metáfora: la colonia que nos pongamos influirá ya no sólo en las personas que nos rodeen, sino en nosotros mismos. El aroma tendrá impacto hacia fuera, en las personas que lo huelan y hacia dentro, influyendo en nuestro estado de ánimo, en nuestra actitud (seguridad, confianza, presencia).

La invitación es por tanto a ponerse ‘el perfume’ adecuado. Ese lenguaje no verbal que nos imprima a nosotros mismos lo que necesitemos. Ese que refuerce intencionadamente mi actitud, que me favorezca, que me ayude desde fuera hacia adentro.

Y para ello, qué mejor momento que hoy mismo: nuevo año, nuevo perfume.

¿Cuál te pondrás?

(*) La Dra. Amy JC Cuddy, profesora asociada de la Harvard Business School, ha realizado investigaciones vinculando nuestro lenguaje corporal con nuestros  niveles hormonales, nuestros sentimientos y nuestro comportamiento. Su conferencia en TED Talks de 2012, con los resultados comentados en este post,  ha superado los 2 millones de visitas convirtiéndose en una de las más vistas en la historia de TED.

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Frenavanzar

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“Si hay catorce ranas frente a un estanque y tres de ellas deciden tirarse al agua, ¿cuántas ranas quedarán sobre la orilla del estanque? La respuesta que seguramente les venga en mente será once. Puedo sugerir sin embargo una respuesta que sería más correcta: catorce. Existe una gran diferencia entre decidir hacer algo y efectivamente hacerlo.” Este problema aparentemente matemático, es el que plantea Robert Kegan(*) para comenzar sus conferencias y romper el hielo para hablar del resultado de más de 20 años de estudios sobre la conducta de los adultos ante el cambio.

Sabemos que tomar decisiones no es fácil. Sabemos que incluso cuando esas decisiones están analizadas, meditadas, comprendidas, aceptadas y finalmente tomadas, no siempre se llevan a cabo o al menos no con toda la fuerza y la determinación necesarias para efectivizar el cambio o el objetivo que se pretendía alcanzar.

Lo habitual es pensar que la causa de esta dificultad esté en la falta de voluntad, de motivación o simplemente de comprensión o convicción. Incluso en Coaching muchas veces en estas situaciones, el proceso apunta a poder visualizar las virtudes o bondades del cambio, lograr que el cliente resuene con el logro del objetivo cumplido, para que a partir de esa conexión emocional, se generen las palancas que favorezcan el cambio.

Pero lo cierto es que en muchos casos, aún comprendiéndolo racionalmente y conectando emocionalmente, aún asumiendo un compromiso, ese cambio, esa decisión, no se logra efectivizar. A pesar de querer avanzar hacia ese objetivo, hay fuerzas, mecanismos, ‘estrategias’ que desarrollamos en forma más o menos consciente que nos mantienen en el mismo lugar.

Es como tener un pie en el pedal del acelerador y otro en el del freno. Algo así como ‘frenacelerar’. Mejor dicho:frenavanzar.

El trabajo y las investigaciones de Kegan junto con Lisa Lahey muestran cómo nuestros hábitos individuales y modos de pensar, junto con las normas colectivas y creencias, se combinan para crear literalmente una inmunidad a cambiar, tal como ellos lo denominan: immunity to change.

El resultado más sorprendente que reafirma sus investigaciones, lo obtuvieron en el ámbito médico con pacientes con problemas graves de corazón y riesgo de vida que requerían tomar cierta medicación o seguir un tratamiento. Solamente 1 de cada 7 de esos pacientes era capaz de incorporar esos hábitos de forma efectiva.

En otras palabras: aún teniendo una motivación tal como el riesgo de morirse, más del 85% de las personas no eran capaces de efectivizar totalmente el cambio requerido.

Está claro que una brecha entre lo que queremos y lo que hacemos es una señal segura de que hay una recompensa en lo que efectivamente hacemos (y que va en contra del objetivo asumido), algo que está actuando de forma automática e inconsciente y que nos protege de determinadas preocupaciones, miedos, angustias a modo de sistema inmunitario.

Es como si tuviésemos un compromiso que nos lleva a protegernos de esos miedos y preocupaciones, saboteando nuestro propio cambio a través de las acciones o no-acciones que hacemos en contra del objetivo deseado.

Precisamente, Kegan y Lahey les denominan compromisos en competencia: son compromisos ocultos, inconscientes en su gran mayoría y que entran en contradicción –en competencia- con el compromiso y objetivo consciente de cambio y aceptado racionalmente. Hay una contraposición de compromisos.

Los autores van más allá y sostienen que los compromisos en competencia están a su vez basados y respaldados en creencias no conscientes que motivan el mecanismo inmune, es el supuesto de base que está detrás del no-cambio. En términos de Kegan, son las “Big Assumptions” que accionan la inmunidad al cambio.

En síntesis, podemos desglosar los cuatro elementos que forman parte del análisis de estos investigadores:

a) Un objetivo de cambio que lleva aparejado un compromiso consciente.

b) Las acciones o no-acciones que se hacen en contra del objetivo.

c) Las preocupaciones (“Worry Box”) y los compromisos ocultos  -en competencia con el objetivo de cambio- que nos protegen de esos miedos.

d) Las creencias que sustentan los compromisos en competencia.

Tomando como ejemplo a los pacientes de su investigación, podemos identificar estos cuatro elementos. a) El objetivo de cambio de estas personas consistía claramente en modificar hábitos, seguir un tratamiento, tomar una medicación y eso representa su compromiso consciente, visible. b) Sin embargo, la gran mayoría no realizaba las acciones necesarias para llevarlo adelante (no repetía la receta, no tomaba regularmente o con la frecuencia adecuada el medicamento, etc). c) Sus preocupaciones y angustias eran del tipo “no me agrada tomar una pastilla todos los días”, “tengo miedo a ser dependiente..”. El compromiso oculto que estaba detrás era por ejemplo “estoy comprometido con no sentirme una persona enferma” o “estoy comprometido con no aceptar que estoy en mi camino de salida.” d) A su vez, estos compromisos se basaban en determinadas creencias tales como: “Si tengo que tomar una pastilla todos los días significa que estoy en declive, viejo o enfermo”, “si dependo de un tratamiento/medicamento el resto de mi vida, es porque ya estoy en el camino de salida”, etc.

La conclusión más importante que se desprende es que trabajar sobre el objetivo final o sobre las conductas que no están ayudando a ese objetivo, son simplemente paliativos, no van a la raíz de la causa.

La clave está en la creencia de base y para ello lo que se necesita por supuesto, es aflorarla, hacerla visible. Una vez descubierta, no se trata tanto de comprobar la falsedad de la misma, sino de desvelar el proceso de generalización que se ha hecho de ella, de haberla asumido al 100% y no ver sus puntos ciegos. El objetivo es poner esos puntos ciegos a la vista para que puedan ser cuestionados (“¿todas las personas que toman una pastilla todos los días están enfermas o en declive?”), algo que no es sencillo y que debería de hacerse con pequeños pasos que vayan desactivando la creencia (“comprueba cómo te sientes si completas el tratamiento durante una semana o dos”).

Es decir, se trata de tomar acciones pequeñas y específicas que sean inconsistentes con el sistema inmunitario para desafiar y cuestionar con éxito las creencias y asunciones. He aquí lo más importante: esas acciones no han de dirigirse a obtener el objetivo de mejora, sino a obtener la información necesaria para poner en cuestión o neutralizar las creencias. La modificación en los comportamientos hacia el objetivo será en todo caso una consecuencia de ello.

Estamos en el preámbulo de un nuevo año y de tiempos de promesas e intenciones de cambio. Mi invitación es a que esta vez sí logres esos objetivos.

Para ello intenta previamente explorar y desvelar qué miedos sientes cada vez que lo intentas, qué preocupaciones se protegen cuando no haces lo que quieres hacer. Comprueba qué compromiso se activa para desencadenar esa protección. Finalmente intenta encontrar y hacer visible la creencia que sustenta ese compromiso en competencia con tu objetivo y compromiso de cambio.

Seguro que te sorprenderás.

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(*) Dr. Robert Kegan, psicólogo de la Universidad de Harvard se ha dedicado a enseñar, investigar y escribir sobre temas vinculados al desarrollo de los adultos, el liderazgo y el desarrollo profesional. Particularmente también ha trabajado el tema del cambio en las personas y las organizaciones.

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