¿Vocación u ocasión?

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Cuando llevaba ya dos años de carrera en Económicas, tomé la decisión de ingresar en el Conservatorio Universitario para estudiar Composición (una carrera de 5 años), sin abandonar la que ya estaba cursando. Si bien mis estudios formales de piano los había comenzado de niño y me había dedicado siempre en paralelo a la música, esta decisión representaba un paso significativo y a priori un riesgo importante de querer ‘abarcar mucho y apretar poco’.

En mi casa, la decisión aunque fue respetada, no gustó demasiado. Hasta ese momento, mi performance en esos dos años en la Facultad de Ciencias Económicas había sido bastante irregular, con pocas asignaturas aprobadas y exámenes rendidos sin éxito. Por lo que al diversificar (y aumentar) el esfuerzo, en términos de probabilidad había una muy buena chance de abandonar la carrera actual o bien de no concluir ninguna.

Lo que sucedió a partir del siguiente año, sin embargo, fue radicalmente diferente e inesperado. No solo me fue bien en el Conservatorio, algo que podía haberse previsto, sino que en Económicas no volví a suspender ni una sola asignatura hasta que me gradué, unos tres años después.

Varias explicaciones podrían establecerse, seguramente. La que puedo dar en primera persona es muy sencilla y a la vez sugestiva: el ‘motor’ que impulsaba la nueva carrera universitaria tenía tanta fuerza como para propulsar no solo a la misma, sino también en forma importante a la anterior. La fuerza de una vocación satisfecha.

El término ‘vocación’ proviene del latín vocatio, que representa la acción de llamar. Algo muy elocuente en los seres humanos: ¿a qué estamos llamados? ¿Desde dónde proviene ese llamado? ¿Hacia dónde quiero dirigirme? ¿Qué camino elegir?

La vocación es la que supuestamente guía nuestros pasos y está inspirada en lo que nos gusta, nos interesa y tenemos aptitudes. Algo que debería ocurrir sobre todo en la etapa de juventud para encaminarnos hacia esa profesión o actividad que la satisface.

Sin embargo las decisiones de carrera están orientadas muchas menos veces de las deseadas, por el faro de la vocación. En general lo están por el sino de la ocasión.

Ocasión que viene representada por la continuación de un oficio o una empresa familiar, por la oportunidad de mercado que promete alguna profesión que esté siendo demandada en un determinado momento o simplemente por las olas del mar de las circunstancias que nos conducen y llevan a un destino no previsto. En todo caso, una ocasión que suplanta a la vocación.

El problema es que esa usurpación no es gratuita. Pasa una factura importante a lo largo de los años. Tal como lo planteara Maslow en su famosa pirámide, las personas vamos encaminándonos inexorablemente hacia la necesidad de autorrealización a medida que cubrimos los primeros estratos.

Ese nivel más alto, según el propio Maslow se alcanza cuando las personas estamos en un estado de “armonía y entendimiento”, dicho de otra forma: cuando vivimos en plenitud. Y la plenitud se corresponderá, por supuesto, con ser y hacer lo que uno quiere, ni más ni menos.

Es interesante constatar que hay determinadas creencias sobre la vocación que han perjudicado el desarrollo de talentos, esto es, han frenado o impedido el impulso a esas capacidades innatas que todos tenemos.

Pensar que la vocación es única, que las personas somos monovocacionales; creer que la vocación se manifiesta solo en edades tempranas y que si no lo hizo, ya no hay espacio u oportunidad de desplegarla de adultos; sostener una supuesta vocación o una profesión que no nos satisface sin darnos permiso para reelegir y crear un nuevo camino, son algunos de los ‘dogmas’ y juicios que en algún momento nos hemos topado.

Afortunadamente, las creencias pueden cambiar de signo.

Felizmente, la fuerza de la vocación es inagotable: aunque haya mucho ruido y distorsión, su voz se hace oír. Es sólo cuestión de hacer un poco de silencio, respirar hondo, escuchar(nos) y caminar hacia ella.


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