Benedetti 5.1

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Durante los primeros años de los noventa, tuve el gran privilegio de interactuar con el escritor y dramaturgo Carlos Maggi (*), quien hace pocos días cumplió 90 años. Maggi siempre se ha destacado por ser un gran defensor de las nuevas tecnologías, predicando él mismo con el ejemplo. En una oportunidad, compartió con nosotros una anécdota que le sucedió con el también escritor uruguayo Mario Benedetti.

Maggi y Benedetti habían coincidido en un encuentro y al parecer el primero intentaba explicarle al segundo las cualidades y bondades del procesador de texto más utilizado en ese momento, el WordPerfect. La respuesta de Bendetti fue tajante, “..ah no Carlos, sabés que yo tengo mi colección de lápices y lapiceras, me gusta escribir sintiendo el lápiz en la mano y si tengo que tachar, tacho con ganas..”. Ante lo cual Maggi no pudo más que dejar a un lado su argumentación.

Meses después, volvieron a encontrarse en un evento y al momento de saludarse Benedetti lo primero que dice es “¡Carlos qué suerte que te veo! Me pasaron la última versión del WordPerfect y hay cosas que no encuentro de la anterior, ¿vos la tenés, la 5.1?”

Esta jugosa anécdota de Maggi sobre Benedetti nos ilustra algo que no siempre tenemos en cuenta: el conocimiento per se no transforma. La comprensión racional de algo no garantiza en absoluto su puesta en práctica. Es la experiencia la que tiene la fuerza para generar el cambio, la que puede permutar una creencia, la que en definitiva permite la transformación.

La experiencia nos da la gran posibilidad de la toma de consciencia, del ‘darse cuenta’.

Escuché a Alex Rovira decir en un seminario: “todo el mundo sabe que se va a morir pero muy pocas personas se lo creen”. Y es verdad, dejamos lo esencial para más adelante, para un momento que nunca llega y recién tomamos consciencia después de un funeral, un accidente o una enfermedad grave.

En todo caso, la transformación no se produce desde el saber, sino desde el creer. Si no lo creo, no lo veo y si no lo veo no haré nada para salir de mi ‘caja’, mi zona de confort, o como me gusta llamarle, el caminito vacuno, ya mencionado en otro post.

Esas situaciones y costumbres a las que estamos habituados, nos resultan familiares y por eso no nos facilitan para nada escaparnos de ellas, salirnos del caminito. Preferimos mantenernos en ese lugar habitual -¡que no siempre es confortable!-, no sacar una patita fuera por miedo o lo que es peor, no somos capaces de darnos cuenta de lo que nos estamos perdiendo.

Es recién cuando tomamos consciencia de ese coste de oportunidad, que optamos por el cambio. Las personas sólo cambiamos cuando nos damos cuenta del coste de no cambiar. No antes.

En realidad, comportarse de esta forma es absolutamente razonable: el caminito vacuno sé dónde comienza y probablemente dónde (y cómo) termina. Un camino ‘alternativo’ sé dónde empieza pero en general no sé ni cómo termina ni a dónde me lleva. Por eso es un tema de creencias, de fe.

Para realizar un cambio, una transformación, generalmente hay cuatro elementos a tener en cuenta:

* QUERER

* SABER

* PODER

* TENER SENTIDO

Si yo preguntara cuál o cuáles de esos aspectos son los más importantes a la hora de efectuar ese cambio, ¿cuál sería la respuesta más habitual? Buena parte de esas respuestas  irían enfocadas hacia el saber y el poder, esto es, el ‘cómo’ y en la posibilidad de hacerlo. Nos pre-ocupamos generalmente por si lo sé o no hacer, si puedo o no puedo. La mala noticia es que si los otros dos factores no puntúan alto -el querer y el tener sentido– ya poco importa si sé cómo hacerlo o si puedo hacerlo, es probable que nunca lo haga.

Podría Maggi contarle a Benedetti todas las maravillas del WordPerfect y seguramente éste le creería, pero hasta que no comprobó por si mismo la utilidad o los aspectos positivos que hubiese experimentado, ese cambio no cobró sentido y por lo tanto no estuvo motivado a hacerlo.

Un buen –y sencillo- ejercicio de autoevaluación nos puede ayudar a reflexionar sobre alguna circunstancia deseada y evaluar así la posibilidad de lograrla: simplemente preguntémonos cómo puntuaríamos cada uno de esos elementos en nuestra valoración personal sobre esa circunstancia, qué ponderación daríamos a esos cuatro factores, ¿quiero hacerlo? ¿se hacerlo? ¿puedo hacerlo? ¿tiene sentido para mí hacerlo?

Ya sabemos: si en el primero o en el último no puntúo alto… muy probablemente seguiré en el caminito vacuno.

(*)  Como pianista durante varios años de la cantante Sylvia Meyer, nuera de Maggi. Participé  también en “La hija de Gorbachov” obra de teatro suya, que tenía música en vivo y la participación del propio Maggi leyendo textos.

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